Mostrando entradas con la etiqueta Locura Erotismo y Otras Perversiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Locura Erotismo y Otras Perversiones. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de mayo de 2015

Alejandro

Desde el primer día en que te conocí supe que iba a quererte. Te deseé ver retorciéndote cual gusano y poniéndote de rodillas tras yo decir "siéntate, perro". Te sonreí y te hice la plática. Creo que te gusté, me mirabas mucho y yo no podía sostener mis ojos en los tuyos; imaginaba cosas. Sabía que conmigo descubrirías que eres multiorgásmico y que a la larga ya no podrías zafarte de mi mente; tendrías ahí, presente en la sopa, en el tendedero con ropa seca, en el mosquito tortuoso del verano y la levadura del pan, a mí, con los labios rojos y húmedos de deseo, y esa expresión que vas a alucinar en tus amantes por el resto de tu vida. Serías mío y nada más que mío por el tiempo que yo quisiera y para lo que yo quisiera hacerte.   

Te soñé todas las noches durante dos meses enteros. Fuimos un amor libre en hamacas bajo atardeceres, nadamos desnudos en una cascada; fuimos un tibio beso en el sillón de mi sala y después risas en la cocina; fuimos una caminata nocturna por calles desoladas y con gruesas gotas cayendo del cielo; un débil día soleado de otoño con las hojas amarillas debajo de nuestros pies; un par de locos hablando de otras dimensiones rozando la yema de nuestros dedos como queriendo traspasarnos al igual que en cientos de ocasiones traspasamos las paredes. No tenía ni una mísera ilusión contigo pero yacían emanantes y vaporosas todas estas hermosas aventuras.

Sin tú hacer nada, ni pretender nada, ni planear nada o poner el más mínimo esfuerzo; me enamoré de ti. Tras dos meses había perecido, yacía derrotada en mi sofá; ni cerrando los ojos estaba cuerda. Estaba, estoy, jodidamente enamorada. Recalco, no locamente enamorada porque el amor a mí no me enloquece, me jode por completo. Y ya te quiero, te quiero tanto y de tantas formas y para tantas cosas. Coño, en la oscuridad de mis impulsos te me apeteces de esclavo, te uso para mi placer sin que ni siquiera te des cuenta, estimulándome con tu charla inteligente preámbulo a la cama, mi cama, donde yo mando, tú obedeces. Veo tus manos e imagino la calidez de tu sangre y nunca había visto ojos como los tuyos, tan llenos de fuego, todo tú eres fuego. Y yo tan agua, soy una gotera audible en el silencio y la soledad de la noche; pero si te veo, ¡Oh!, tan sólo con verte dentro mío ya hay una tormenta.

Reprimí mis impulsos y mis ideas en cada ocasión que coincidimos, el escalofrío belicoso tan propio de mí ya me iba comiendo los sesos, el corazón y cada uno de los órganos. Eres buena persona, Alejandro, pero sucede que en el fondo yo no lo soy, siempre he sido cruel, y si no tuviera sentimientos por ti ya lo hubieras constatado. Ruego, de verdad, por que cuando lo descubras no te alejes. Mejor no lo descubras, Alejandro, y quédate conmigo. A pesar de mis enormes ansias por poseerte, me aferré a aquel sueño del amor libre, la cascada y los atardeceres. Y me prometí a mí misma que no haría absolutamente nada para llamar tu atención, que tejería la telaraña y ya tu te acercarías por voluntad propia. 

Y así pasé dos meses más, alimentándome de tus migajas, llorando de frustración y trazando doscientos cincuenta planes para hechizarte, manipularte y que fueras tú al que se le salieran las lágrimas sin tu previo consentimiento. Esta lucha sobre herirte o no herirte me estaba matando, mi cabeza me estaba haciendo trizas porque mi naturaleza me exige pensar sobre cada detalle en todo momento y medir cada uno de tus gestos y expresiones corporales, calcular la medida exacta de lo que te gusta y lo que no e irme maquillando con ello como lo haría cualquier lobo sobre la estepa. Sin embargo, todo quedó allí en el retazo de mi mente, y seguí esperando con total cautela a que te enamoraras de mí, mostrándome cómo soy. Me estabas matando, Alejandro, y con lo mucho que me gusta la muerte, necesitaba que los hicieras despacio, lentamente, beso a beso. Y así fue como nos besamos la primera vez, como dos niños recogiendo flores en un campo abierto. Encendiste una luz en mí que no sabía que existiera; eres fuego.

Fue entonces cuando empecé a amar cosas que no sabía que era capaz de amar, y recitaba todo el tiempo como si fuera de mi autoría, como si estuviera atorado en mi esófago junto a las despiadadas y asesinas mariposas, como si no lo hubiera leído antes en algún lugar y me hubiera sabido en otro momento asquerosamente dulce, estos versos:

"Amo las cosas que se pueden entrelazar,

tus manos,
tus cabellos,
tus dedos,
tus piernas,
tu lengua,
tu vida, la mía..."

Descubriste cómo me gusta besar, con desesperación. Y de verdad creí que iba a ser posible, que esa pequeña vela encendida desde tu llegada me iba a inundar con una sensación tranquila, como feliz, nunca antes me había sentido feliz, pensé que era un invento de la literatura intrascendente o la mala filosofía, pero ahí estaba, esa aura suave alrededor de mi cuerpo cada fin de semana en el que te tenía. Tener, aborrecí la idea de tenerte, quería vivirte, así, libre, salvaje, lleno de ti, sin privaciones ni límites. Pero el ser humano no está hecho para la libertad.


Cuando una persona no sabe a que atenerse, teme; la supervivencia nos ha hecho requerir algo de que sujetarnos, de lo contrario el pánico entra en acción. Somos criaturas débiles. Y tú, miserable, nunca diste ni un carajo por mí. Mi telaraña se quedó ahí, medio descocida, desgastada por el olvido, se contaminó nuestra cascada y el cielo al atardecer y mi sueño puro se trastornó en el más doloroso de los insomnios. La oscuridad regresó y con ella la ansiedad, las imágenes de ti suplicante ante mi puerta. Perdóname, Alejandro, pero yo enfermo, muero y mato por amor.  Perdóname por lo que estoy a punto de hacerte porque anhelo con toda la fuerza de mi alma deshacerte. Es tu culpa, Alejandro, lastimarme es como abrir las puertas del infierno. 


De antemano siento decirte que vas a sufrir mucho, no por ahora porque yo no lo quiero, pero en tu cuello ya va la soga que me pertenece, una correa y un dije con tu nombre; con el tiempo va a gustarte que te trate como animal. Esa parte de mí, sombría y grotesca, me ataca con susurros, sensaciones punzo cortantes en mi esqueleto, quiero aventármele a tu yugular, fornicar contigo ruidosamente; sin embargo te sonrío espontánea y coqueta, para  darte después un muy largo beso en la boca, en mis ojos no hay pizca de ternura, ¿por qué tenías que recordarme, Alejandro, que dentro mío no cabe la luz?


Voy a dártelo todo, absolutamente todo lo que me pidas,  me tienes a tu disposición. Pero un día, sin decirte nada y sin previo aviso te lo arrebataré. Soy un monstruo, Alejandro, pero sé querer, a ti te quiero, te quiero arrastrándote detrás mío y yo no volveré hacia atrás y tú me seguirás soñando en tus desvaríos y contemplándome en la oscuridad de tu cuarto, en el humo de tu cigarrillo, en el agua de tu ducha, la sal de tus alimentos, la sequía de tu garganta, la zozobra de tus amaneceres. Perdóname por lo que voy a hacerte, mis intenciones no eran que termináramos así, muriendo juntos, pero tu indiferencia es insoportable y se me fueron acabando las armas para luchar contra mi ansiedad, tu poco cariño no pudo contrarrestar el odio con el que vine al mundo, las ganas de verlo todo caer frente a mis ojos y la enorme ambición de poder, poder para destruir, poder para hacer lo que me dé la gana. 

    
Perdóname, pero esta es la única forma en la que sé querer. No conozco más, no me enseñaste más, no hay nada mío que no se haya podrido aún. Me duele verte así, sonriéndome, ignorante del daño que me ocasionas, no sabes nada del veneno bajo mi piel, sigues aquí, abrazándome fuertemente, besándome las clavículas, sin la más pequeña intuición de que seré la espina que atormentará de por vida a tu pensamiento. Ay, Alejandro, si tan sólo me hubieras dicho lo que más quería escuchar, nada de esto pasaría. Perdóname, sé que no lo haces adrede, eres una buena persona, pero en el fondo, yo no lo soy.     


jueves, 23 de abril de 2015

Quince Días

Yazco, en una madrugada fría como mis extremidades; tiemblo. Quince días y contando, huelo a todas las inmundicias: wiskhey, esperma, mota, amor. No siento mis manos y padezco de náuseas sin vómitos, náuseas sobre mi cama siempre destendida, como una flor. El cenicero acumulando la decepción desde el día en que desperté en el mundo.

Riendo, comencé a llorar, y no paré sobre ningún hombro, el abismo mira dentro de mí con cada trago en el que yo miro en él, ¡Bien me conoce el culo de la botella! No me olvides, te grito, ¡No me olvides! y se me evapora tu rostro en mis deseos y yo no me puedo tocar, mi piel se siente ajena, porque es tuya, todo el tiempo tuya... No me olvides, ven. 

Idiota, solitaria, frígida, infeliz. Tengo lepra. Me hace falta tu depravación, si no se enmohece mi carne. Estoy podrida, huelo la fetidez en mi ombligo, entre mis dedos, en mi aliento, en mi vulva. No he salido de esta habitación desde hace quince días.

El calor me chamusca y chamusca las paredes, me he bañado con agua fría y he enfermado. Se me cae el cabello, uno, dos, tres, cincuenta; ya no los barro, ya no barro las migajas, he olvidado comer, he olvidado dormir, he olvidado despertarme. Estoy inmóvil, soy un feto inmóvil en este mundo jodido. Peso demasiado, mi existencia pesa demasiado y me ha enjaulado como a un gusano a este sucio piso de lodo; me retuerzo sobre mi sudor y mis lágrimas confundidas con mi sudor, con un lamento que parece risa porque la burla inició el lamento.

Me miro desnuda en el espejo y río como desquiciada, con sangre en la boca y menos dientes; Esta no soy yo, esta no soy yo, me repito. Sobre una silla abro las piernas y veo dentro de mí misma, el abismo mira dentro de mí, como el culo de la botella sin fondo, la pipa tapada con excrementos, y se burla, me habla con su voz gangosa: Miserable, eres miserable. La toco para callarla y me escupe, las voces suben a mi cabeza y pienso en la muerte.

Cojo mis zapatos de suela inservible, suela resbalosa, y salgo al hielo de la madrugada, estoy dopada de éxtasis. Corro y río y lloro y corro y vuelo y caigo y muero... muero, muero (ya no siento mis manos), muero, muero, muero, muero (las voces se vuelven susurros), muero, muero, muero, muero, sonrío, estás ahí, está tu rostro entre mis deseos, no me olvides, ven.


Fotografía de Antonio Palmerini


lunes, 16 de junio de 2014

Un Mal Recuerdo (Inspirado en un Hecho Real)


Un Mal Recuerdo

(inspirado en un hecho real)

Escrito por:

Jehieli Nerii 

Patricia Quiroz

Omar Mozqueda

Luis David Pérez

Tita Ruiz 

Violeta Carrasco



Esperé a Ana Sofía a la salida de la escuela, ya eran las 2 de la tarde y yo estaba muy nervioso, hoy lo íbamos a volver a intentar. Ya había preparado todo, Guillermina no iba a estar en la casa, era uno de esos días en los que nunca llegaba por estar “trabajando”; teníamos tiempo suficiente.

Cuando Ana Sofía salió, me sonrió y corrió hacia a mí emocionada, cargué su mochila y caminamos juntos hacia mi departamento. En el camino íbamos callados, pero yo tenía una ligera taquicardia, secretamente el miedo me invadía. Sabía que ésta vez era la definitiva, si no lo hacía podía perderla.

Habíamos hablado de esto antes, ella siempre me pedía una explicación, pero sencillamente me avergonzaba contarle lo que me había sucedido. Es algo que nadie sabe, más que Guillermina, y ella nunca me creyó.

Al llegar a mi departamento yo estaba temblando, incluso tardé en abrir la puerta. Al darse cuenta de mi nerviosismo, Ana Sofía soltó una risita y me dijo que me tranquilizara, me tomó de la mano, entramos y fuimos a mi cuarto; se sentó en la orilla de la cama mientras yo ponía música. La última vez que lo intentamos puse una balada romántica, esta vez no sabía qué poner, no quería recordarle aquel incómodo momento.

Cuando volteé a verla ella ya se había desabotonado la camisa del uniforme, me acerqué y la deslicé hasta hacerla caer; comenzamos a besarnos mientras le desabrochaba el sostén. Decidí hacer una pausa para verla a los ojos, realmente la amaba y quería demostrárselo.  Me quité la camisa y ella empezó a besar mi cuello descendiendo hasta mi pecho, sus dedos recorrieron mi espalda y terminaron en mi cinturón, me lo quitó lentamente y bajó la bragueta de mi pantalón, yo sudaba frío, intentaba concentrarme pero los terribles recuerdos me invadían. Ana Sofía jalaba mi cabello con su mano izquierda, a su vez lamía mi oreja; de pronto sentí su otra mano en mi entrepierna, los recuerdos insistían... no pude más y la hice a un lado. Ella se levantó enfurecida, se vistió rápidamente y salió de la habitación, corrí tras ella, la sujeté del brazo y se me humedecieron los ojos. Nunca había visto tanta ira y decepción en su mirada. Le dije que lo sentía, que necesitaba tiempo, pero Ana Sofía me reprochó que nunca he podido darle explicaciones, comenzó a gritarme cosas hirientes e insinuó varias veces que yo era homosexual; me hinqué frente a ella y le pedí perdón. Ella salió del departamento y azotó la puerta. Quedé devastado, me encerré en mi cuarto, no podía parar de llorar y gritar, sentí ira y golpeé todo lo que estaba a mi alcance.

Debajo de mi cama había una botella de tonayán, recordé que la había comprado uno de los días en los que Guillermina me dejaba solo y los recuerdos empezaban a torturarme. Sentí asco de mí, de mi vida, me sentí solo y vacío, así que abrí la botella y comencé a beber.

Llegué a la conclusión de que todo lo que me estaba pasando era culpa de la puta de Guillermina; nunca supo ser una buena madre, ni una buena esposa, por su culpa mi papá nos abandonó... ¿y cómo no iba a hacerlo si la descubrió con el cerdo de su jefe? Nunca podré olvidar el rostro de ese degenerado, su espeluznante voz y menos sus asquerosas manos sobre mi cuerpo. Esos eran los recuerdos que martillaban mi mente, lo demás lo evadía, simplemente lo había bloqueado.

Lo cierto es que mi madre y su cerdo arruinaron mi vida. Justo en el peor momento escuché cómo la puerta de la entrada se abrió, era esa puta, había regresado de pasear a su perro. Me habló varias veces, pero decidí no contestar; empezó a golpear mi puerta, después de unos minutos le abrí y al verme ebrio se puso como loca, empezó a gritarme y a golpearme -su baja estatura sólo le permitía pegarme en el pecho- la apreté de los brazos fuertemente, al ver sus ojos se apoderó de mí una rabia sin igual; comenzamos a forcejear y la pelea nos llevó hacia la cocina, la cual estaba a sólo unos pasos de mi cuarto.

Ella me dijo que era un inútil, que la tratara con respeto ya que ella era mi madre. ¡No podía creer su cinismo!… ¡Enfurecí!, a mi alcance había un cuchillo, no dudé en tomarlo, su cara se tornó pálida, era blanca como la blusa aguada que traía, me dijo que lo soltara, que podía cometer una estupidez; me reí, ¡Cómo si ella hubiera manejado su vida y sobretodo su familia inteligentemente! Después comenzó a culpar a mi padre, no aguanté más y la empecé a apuñalar, cayó al piso y yo perdí el control, aun sabiendo que ya estaba muerta seguí apuñalándola.

Me senté junto a ella, sonreí, no sentí arrepentimiento, hace años deseaba verla así, ya había soñado con ver la luz desvaneciendo de sus ojos. El perro comenzó a lamer su sangre, también detestaba a ese animal, para Guillermina era más importante esa cosa peluda y apestosa que yo. Tocaron la puerta, empecé a sentir nervios, ¿qué iba a hacer ahora?, eso nunca lo había pensado. Abrí, era la chismosa de la vecina, preguntó si todo estaba bien, notó las manchas de sangre en mi playera y se escandalizó. Le dije que me había peleado con el perro porque de pronto se había puesto agresivo. Ella simplemente se fue.

Minutos después llegó la policía.



martes, 16 de julio de 2013

Julio

Pienso en ti, en la idea de ti, en el espejo de tu piel, en la sombra que cuelga en tu sonrisa desapercibida por ti mismo, en el fantasma que eres, en el antifaz que portas, en el espectro de tus ojos, en eso que no sé explicar; eres casi mío. El susurro de tu nombre me causa una leve excitación. No puedes dejarlo así, a medias como esta luna triste.

De pronto olvido cómo te llamas ¿será el haberlo dicho tantas veces? Tienes curiosidad, no puedes engañarme, una parte tuya  quiere descubrirme, no hay casualidades en este mundo, tú tienes una historia que contarme.


Te siento recorrerme, por alguna razón tu sombra es muy hiperactiva. Dame el gusto de beber de ti.


Eres como el sol enrojecido de julio, absorbente, frustrante. Me proporcionas fluida inspiración a lo largo de mi vigilia y de mi concurrente somnolencia. No puedo evitar imaginarte, tu sabor es delicioso.


Eres la adicción de mis sentidos en las tardes espumosas de la tina; sin embargo no alcanzo a terminar de respirarte. Eres aliento a medias, causa de agravio y zozobra. No me estrangules, compláceme.


Sería divertido, Julio, que sí llamaras. Me entretendría en los laberintos de tus ojos mientras tomo un sorbo de café; entonces me hablarías de tu arte y yo me haría cargo de obligarte a caminar de noche, por callejones vacíos y soltando insinuaciones con la intención de un beso.


No te tardes, Julio, no soy una mujer a la que le guste esperar.



(Fotografía por: Violeta Risueño)

jueves, 21 de marzo de 2013

El Habitante del Espejo

Es medianoche. Aún dueles.

La luna observa mis bellas soledades; del otro lado, el espejo  en tinieblas. Oigo tus pasos tras de mí y el crujir de los vidrios con la lluvia. Te respiro, eres más que aire y menos que cenizas.


No sé tu nombre ni sé tu condición. Nunca he visto tus ojos o palpado tu mejilla. Eres el brillo del espejo en el día... eres la sombra maquiavélica en la noche. Estás ahí, cruzando el puente y el mar tenebroso, al otro lado del contorno de mis pupilas.


¡Bésame! mientras estoy dormida y sabré que existes, bésame sin tocar las sábanas, en un cuento triste, un momento etéreo.


Sé que estás ahí y vives al otro lado del espejo. Sé que me miras cuando yo busco en mi reflejo propio... Mis labios se mueven solos y mi corazón se agita. ¡Grita!, grita en mis sueños y sabré que eres



viernes, 10 de agosto de 2012

Diálogos Con Mi Furibunda Compañera

Diálogos con mi furibunda compañera

Por Eduardo Tejeda y Violeta Carrasco 

Obra teatral-fragmento 


Él: (Se sienta y con un ademán le invita a sentarse. Le da un sorbo a su café sonoramente) - ¿Sabes...? de vez en vez ya me das miedo.


Muerte: (Ahora burlona) - ¿Y vienes a decírmelo hasta ahora? te he tomado de la mano durante el sendero entero, ¿en qué momento me volví terror?


Él: (Inclinándose hacia adelante) - Temo cuando susurras a mi paz que te acompañe ya por siempre, y yo, no quiero.


Muerte: ¡Te he susurrado hasta en la cuna!, pero es el miedo el que afinó tu oído.


Él: - ¡Y yo que sufrí pena creyendo me ignorabas por completo! Tuve tantas ganas de odiar y pisotear a los ciegos, de arrancarles las manos, de escupirlos, y así... hacerles el amor. ¿Por qué esas veces en las que el dolor me carcomía, no pudiste estar aquí?


Muerte: (Le acaricia el rostro para calmarlo) - Siempre he estado ahí, mi amor. Susurrándote al oído, buscándote los labios. Te he amado desde que vi abrirse tus ojos.




viernes, 3 de agosto de 2012

No es Poesía

No es que hablemos de poesía,
nuestras palabras se hacen verso
porque emanan de ti, de mí;
nuestro conjunto en sí es poético.

¿Qué pasaría si te enamoraras de mí?

¿Sería tan cruel como lo predijimos?

No hablamos de poesía,

hablamos de desnudez, de espejos,
que desnudarse es ser espejo,
que si deseas verte reflejado en mí,
que si estás dispuesto a esperar.

La conversación se fue tornando opaca y en tus ojos asimilé la respuesta:

Sí, estás dispuesto a esperar.



domingo, 6 de mayo de 2012

Vacío

Estrellas palpitantes
iluminan, tenues, tu piel de lino.

Nubes sofocantes
se incrustan en nuestros latidos.

Y la luna llena 
se intenta comer
aquél vacío después del placer.




Cosmic Love
(fotografía de Michelle Ellis)

jueves, 12 de abril de 2012

En el Espacio Obscuro

Había estrellas en sus ojos,
y cada estrella fue mi cielo.

Dejamos las velas encendidas
en el espacio obscuro.

Chispas candentes
ardiendo en cada caricia.

Sus ojos brillantes
eran como espectros del cielo.

Fuimos amados por estrellas fugaces
en la cúpula de rosas rojas y amarillas.

Las luces fuéronse extinguiendo
como bengalas de amor que entre duermen.

Apagose la luna
con un sangriento amanecer.

Y una estela raída fue su voz,
un adiós en la orilla del sofá.

Hubo un beso póstumo,
alias de un sol que execra noches.

Tras su partida
me disolví en la confusión.

Y fue en el espacio obscuro
donde el eco hizo arder mi sangre.

Una llamarada me palideció,
dos gotas figuraban como perlas en mi cuello.

Y el balcón abierto,
y su sonrisa fría en mi memoria.

Desfallecí en el intento
de decir su nombre.

Caí petrificada en el espacio obscuro
bajo un beso póstumo, alias de su eco.

Finalmente el sol me tocó por el balcón
una lágrima escurrió de mis ojos; ardía mi piel.

domingo, 4 de marzo de 2012

De la Enfermedad del Amor

Leí una vez definir al amor como una enfermedad rebelde de la que el paciente no quiere sanar. Es cierto.

Confieso que han sido más de mil doscientas lunas enfermizas, lunas que han lavado tu existencia cada vez menos real y más de sueño. Mi cuerpo ha adolecido tus ausencias, las lágrimas han dejado oscuros lunares en mi rostro. Hay un hueco en el corazón y siento que tú y sólo tú podrías llenarlo. Se llenaría con tus risas, con tus caricias suaves, tu incomprensible y apenas vigente amor por mi.

A veces charlo contigo en las mañanas, imagino tu voz y tu consuelo, tu hombro listo para dejarme llorar. Alucino con tus brazos en la ducha y en la cama (instantes antes de dormir), tus besos también suelen presentarse como un sutil cosquilleo en la mejilla.

No te pido más, no te pido nada que no puedas darme..

El hueco de mi corazón no es por tu amor en carencia, es por no poder amarte, por no dejarme amarte. ¿Cuánto más vamos a esperar, amor?

Sigo deseando recorrer la perfección de tu cuerpo, sentir tu alma en una velada infinita. ¿En qué momento se deshizo el sueño de una vida juntos? Ah, sí, lo recuerdo: ese momento de traición.

Te he perdonado, lo comprendí y lo olvide; lo sabes. Pero no entiendo qué quieres de mi.

Me he preguntado si haz enfermado tanto como yo en estas más de mil doscientas lunas, no lo creo, y si lo fuera ¿Me dejarías sanarte con un profundo amor?






lunes, 27 de febrero de 2012

¿Cuántas Veces Más?

¿Cuántas veces no te he imaginado a un costado de mi cama?

Voy pintándome mi mano en la cintura, en los senos, en las piernas, como si fuera tuya.

¿Cuántas veces no he besado el vacío, pensando en tus cálidos labios, para al final tocar aire?

Maldición, cómo te amo y cómo odio amarte.




domingo, 26 de febrero de 2012

En Mi Gabinete de Maravillas

Amándote como lo hice anoche, como lo he hecho a diario... como lo haré siempre.

Extrañándote más de lo que puedo soportar, porque no imagino mi vida sin ti, porque sueño mi futuro a tu lado, porque te amo como jamás he amado y como no quiero amar a nadie que no sea tú. De verdad si no vuelves moriré, estoy segura de que moriré.
Nunca deseé irme de tu lado; anhelo estar ahí, en tus brazos, escuchando tu corazón agitarse a cada beso; sintiéndote, conociendo cada bello centímetro, cada perfecta imperfección; tocando tu cabello mientras miro tus ojos... mirándolos por horas hasta desprenderme de mí, iré a donde tu mirada me lleve; escuchando en mi oído tu voz, palabras que enchinan la piel.

Quiero amarte. Déjame amarte ahora y en la eternidad. Construiremos maravillas, nuestro propio universo, nuestro propio lenguaje, ¡nuestra propia definición de amor! Volvámonos uno, seámoslo todo. Bésame, bésame y cubriremos nuestro techo de estrellas; tócame, húndeme en el océano de tus sábanas, en una seda policromática envolvente en cada sensación.

Tan sólo ámame, ¡hazlo aunque me lastimes, aunque probablemente mientas, aunque quizá mañana ya no estés aquí! Ámame al menos una noche donde se pierdan nuestros cuerpos y nuestros corazones, y se estancará entonces el tiempo saboreándolo infinito, ¡se harán música nuestras voces, nuestros gemidos, nuestros latidos!

Y esa noche será guardada en mi gabinete de maravillas, sellado con un beso y bajo llave, será guardada en el espacio más profundo y desconsolado de mi alma, para abrirlo cada noche y con cada sueño bañarme en él.