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jueves, 28 de mayo de 2015

Cristal

En la sobriedad de un verano suntuoso, claro azul, fresco como las flores de algodón, salado e intensamente bello; Cristal te recordaba.

El paño en su piel la había dejado en la soledad de un cuarto en la casa de una señora mayor ya casi ciega, con el único atractivo de una ventana inmensa con vista al mar. El roce de la brisa son las únicas caricias que Cristal conoció, así como la de los rayos del sol la única gentileza. Cristal, con los huesos enfermos y el corazón cansado, te recordaba.

A ti, sueño enterrado en la arena, ido en un velero fantasma, abandonado en una botella. Cristal, con el armazón de piel bicolor, el cabello gris como el angosto cielo, y la casa desvencijada como su vida entera, sentóse a contemplar recuerdos, como ajenos, como perdidos, y cerrando los ojos decidió permanecer así, como la anciana del piso de abajo, sin muebles y sin visión, para al fin y al cabo sucumbir al mar desde su ventana.

Salvador Dalí


viernes, 12 de diciembre de 2014

Bellamente Sola

Saber que te sigo pintando, soñando, extraviando, escribiendo. Negar que te sigo amando, esperando, añorando, buscando, ansiando en la tiza negra, en el pincel, en las hojas rotas, en la viruta, en el barro, en mis acuarelas. Estás todavía en mis gises, en el acrílico de la pared retocada, en el café de los pergaminos, en los sellos caseros, en el bastidor herido y en los libros apilados. Estás. Después de los años... estás.

¿No te has cansado ya? Tu vida está en las comisuras de mis diarios, en el desdén de mis vestidos, entre marcos que no colgué nunca, en mis labios muertos, arrebatados. Me hallaste con grietas; soy vacío, soy soledad, desasosiego e impertinencia. ¿Sentiste miedo? me encontraste con los mismos ojos oscuros de ojeras malvas, con el cuerpo cortado y maldito, la cintura tiesa, la lengua magullada; sin sentido, desconsolada, sin saber a qué atenerme, caminando sola en una calle concurrida. Me abrazaste como queriendo componerme y me rompiste. 

Después de unos segundos me soltaste, clavé mi mirada en tu gabán verde seco, desaliñado. Y tú viste directo a mis ojos.   

-Ya no eres una niña. 

-No, han transcurrido casi siete años. Creí que te ibas a pasar de largo, que no me reconocerías.

-¿Qué edad tienes ya?

-Veinte.

-¿Aún vives aquí?

-Depende del día. Hoy sí, es sábado. ¿Tú aún vives aquí?

-Sí, pero ahora vivo solo. Violeta...

-Dime.

Enmudeciste, me rodeaste con tus brazos y yo permanecí rígida. Tu olor, aquel a rosa triturada, leña quemada, a noviembre, a frío, a nuestro beso de despedida. Sigues siendo el mismo y el tiempo a mí me ha ido deshaciendo, descociendo, enloquecido, trasnochado, sumergido en una soledad sin salida. Se me ha ido el color de las mejillas, de cuando era niña, ilusa, ingenua, de cuando creía en ti y en tus apariciones espontáneas. Tú aún conservas esa piel de arena, esas manos lisas, esa aura de luna amarilla. Me dijiste adiós, como todas las veces.

Y en esa calle concurrida quedé aún más sola; no solitaria, como tú en nuestra primera noche, cuando te conocí -en aquel edificio- tan confundido, irritado, necesitado, despojado, olvidado, taciturno. Quede sola, como el invierno pasado, congelándome con el frío que produce mi propio cuerpo; sola, silenciosamente sola, oscuramente, deliciosamente, pesadamente, perturbadoramente, incurablemente...  bellamente, sola. 

Ilustración de 
Dilkabear

jueves, 10 de abril de 2014

Masoquismo

De pronto caí en la cuenta de mi soledad. Leía tus cartas con una voz sin voz, porque no fui capaz de recordar la tuya. De todos los hombres que han estado en mi vida, ninguno se ha sabido quedar. ¿Quién soportaría algo tan perturbado, tan aterrador, tan ligeramente bello?

Te conté que desde mi casa la luna tenía más brillo y solía asomarse a deshoras, te conté que lo que escribía era mitad sueño y mitad pesadilla. Cuando finalmente conociste mi mundo me hiciste saber que estaba lejos de lo fantástico, que estaba roto... igual que yo. Te conté que nunca padecía de frío y que detestaba el calor, tanto como detesto tu sarcasmo, tu atrevimiento, tu afán, tus ganas de irte y no volver. Asomé mi cuerpo por la ventana, para fumar entre luces azules, con la desnudez y palidez de mi cuerpo colmada de maldiciones. Mis demonios jamás se irán, este escalofrío será mío por siempre.

Me marea pensar en ti. De nada sirve seguir negando lo evidente: te amo. Desde que te conozco duermo menos y me ido acostumbrado a ya no pintar retratos y dibujar bodegones con lo mucho que los odio. Yacen un cigarrillo tras otro, decoran mi llanto ilegible, mudo, ahogado con las asperezas de mi respiración. Me suelto el cabello, estoy sin sábanas y sin un colchón y con la más terrible de las melancolías.

Detesto esa forma que tienes de acelerar mi corazón, detesto esa forma tuya, única, de estremecerlo todo. Detesto que mientras más escribo, buscándote en las comisuras de mi vida, cuando más espero otra carta tuya, desaparezcas. No es la primera vez, no es la última; estoy acostumbrada a tu deseo de mí por intervalos, tan largos como mi penuria. (Bésame en la boca, me desvanezco). ¿Recuerdas cuando escuchamos música?, de esa que no te gusta oír, de esa con magia. He acompañado tantas de tus noches, en aquel sofá desvencijado, de terciopelo, el único en la habitación. El mundo destruyéndose afuera y yo aquí, hablando de amor sin pausas, porque tú, mi tragedia, embelleces mi mundo. La verdad es que estoy atada al masoquismo. 

Por si te lo preguntas no eres mi primer suicidio, estoy enamorada de la muerte lenta. Ya me habían hablado antes de ternura, de estrellas, de cuentos de hadas, de la locura, del erotismo y de muchas otras perversiones. Habían citado antes mi cintura, el lunar en mi oreja, mis labios, mis máscaras; pero la diferencia es, cariño, que en ti las cosas suenan más sublimes, con otros tintes, bajo otras pinceladas. Eres un artista. Mi oscuridad no acaba nunca, menos si se trata de ti. Porque tus ojos me dibujan, a mi cabello tiñes de negro, negra es la tinta de nuestras almas; eres triste. Si hay algo que a mí parecer es hermoso, es la tristeza.

Si hay algo que a mí parecer es más hermoso todavía, es la soledad. Mis soledades siempre se han caracterizado por ese sabor a café sin azúcar, como a mí me gusta, bebido en madrugadas estériles; por las pasiones ininterrumpidas y las danzas suaves, por el miedo que le tengo a mi propia existencia y la lucha ciega para no dejarme morir. Si otro nombre tiene mi soledad es el de deleite; deleite por el olvido, por los cielos nublados, por el dolor, por las risas a carcajadas, por cada instante transcurrido. ¿Quién soportaría la compañía de una mujer sumergida en eternidades?

No es la única ocasión en la que me llaman niña, pero ocurre siempre (¡y te lo digo con reproche, con más pesadez de la que aguanto!) que es por temor a reconocer lo irreconocible; que soy más fuerte que los días lluviosos y más valiente que las cicatrices que llevo conmigo, que aunque traigo el corazón oprimido y en pequeños trozos, cuento con más coraje que el tuyo. Si vivo en sueños no es voluntariamente, es una cuestión de mi naturaleza. Si vienes a mí que no sea con disculpas, ni con la hipocresía de las rosas; sólo ven, no me digas nada.

Se me ha dormido ya el rostro.  Se te han acabado a ti las excusas. Las excusas me las sé todas; la distancia, la edad, el desapego, la falta de tiempo, la inconstancia y otro cúmulo de estupideces. La más grande de las tuyas, corazón, es el cinismo, ese que tanto adoro, el que acompaña tus expresiones faciales de banalidad, el arqueo de tu ceja cuando tengo la ocurrencia de ser. Jamás has soportado que sea, ni en mis baños de espuma con el agua hirviendo, ni en mi estado libre, salvaje, lleno de vehemencias y mucho menos en mis injurias de espejo.

La realidad es que con todo y con nada, así te quiero. Voy amándote por el movimiento de tus manos, por el sufrimiento ocasionado por tu ausencia, por tus repentinas apariciones en mi delirio, aquel cansado de las cuerdas flojas, que no atan ni desatan, sólo tientan. La última vez que te vi, admitiste amarme también, pero demasiado pronto o demasiado tarde porque nuestros destiempos y el caos de nuestras vidas no permitían tu goce total. Desde entonces escribes, en impredecibles meses hasta que he decidido, amor, llamarte Noviembre, por tus sombras, tu inestabilidad y desasosiego. Tienes esa capacidad de enloquecerme, de deshojarme, estés o no estés, a tu lado y en tu silencio. Noviembre mío, te amo, te pido amarme, dejarme amarte, así, como hasta ahora lo has hecho, como ir pintando un lienzo.    
    
El mundo destruyéndose afuera y yo aquí, hablando de amor. Pensé que había construido una mejor forma, una más libre de amar; pero no, construí una más dolorosa. Porque fue peor darte la libertad para irte, para no llamar, para no escribirme, para no verme si en tu interior no nacía tal ose dichoso; fue peor darte la libertad de elegir... y que al final, no me eligieras. Porque tú bien sabes que cuando te decía "eres libre", murmuraba "escógeme, libremente".

Reitero en mi naturaleza; odio los compromisos obligados, los tratos pre-establecidos, las ataduras y las estructuras trazadas por la sociedad que me rodea. No soporto el hecho de la no espontaneidad, de la mecanicidad y la monotonía. Repudio las definiciones austeras porque me gusta erigir mi propio lenguaje, uno sin límites, sin convencionalidades. No había nada que hacerle, así soy, así somos, carezco de preámbulos y no habría podido conformarme con tomarte de la mano, sonreírnos y amarnos de esa forma que ya fue escrita.

Cómo sufrí al pensarlo esta mañana; pero yo he elegido libertad y amor en un conjunto utópico, y tú has elegido, ante mi propuesta, la sensatez de huir de esta mujer loca.



Atardecer y Flores
por: Violeta Carrasco Jiménez

miércoles, 26 de marzo de 2014

La Niña de los Ojos Oscuros

Después de todo Paulina no se apiadó de mi alma y tuve que cumplir mi castigo: hacerme un piercing. Aquí está la dolorosa prueba:



Esta es la última entrada del Reto Literario (click aquí para saber de lo que estoy hablando) y en esta ocasión el material con el cual debo inspirarme es un cortometraje de 1994 ganador de la Palma de Oro en Cannes. La verdad pensé en escribir únicamente una reseña, pero me pareció demasiado cínico y además recordé que era el último texto del reto y me decidí por algo diferente: 

La última entrada de Paulina: Gabriela





"La Niña de los Ojos Oscuros"


Él: 

Mi niña de los ojos oscuros, no te nombro así por tenerlos como el café molido, tampoco lo son como la noche. Tus ojos emanan oscuridad; una que me deja helado. Mi niña de los ojos oscuros, hoy me siento solo.  

No es de esa soledad como cuando se me pasaba el tiempo, ni cuando era incomprendido; es de esa soledad que sólo puede provocar tu ausencia. Niña querida, cuando tu mano me suelta, se desprende de mí la vida. Nunca has entendido lo mucho que te quiero y eso que he enviádote flores y escrito algunos cuentos, te di incluso una rosa, tu favorita supongo, porque era color salmón.

Pero debí saber que nunca es suficiente, porque con nada te conformas; me lo has demostrado con tus antiguos amores y tu usual costumbre de destrozar el corazón con esas manos, que siempre dije, eran suaves como porcelana. Y bajo esa delicadeza yació todo el tiempo algo muy cruel, que no veíase en los espejos, pero que yo conocí cuando te vi a los ojos. Quien diría, mi niña de los ojos oscuros, que jamás los volvería a ver.


Ella:

Debí escribírtelo hace mucho tiempo, pero mi ego era más grande que yo: Siempre te quise, amigo mío, y me merezco tu odio. Se me acabaron las razones para seguirte viendo, porque quería ahorrarte este dolor. Fuiste el único capaz de verme, de entre el bullicio, meciéndome sobre un columpio como la niña que era, que sigo siendo. Y debí decírtelo hace mucho tiempo, con el beso que esperaste tras entregarme flores. Nunca te perdonaré que te hayas ido, porque hoy me siento sola.


Él:

Quise recordártelo con sencillos gestos, pero no reaccionaste más que con una mueca y respondiste ante mis propuestas que tú serías veneno para mí. Quise haber notado antes, que ese veneno del que me alejaste terminaría por carcomerte. Ahora sé por qué murió la rosa y fueron quemados todos mis cuentos. Ahora entiendo que cuando dijiste "vete", rogabas salvación. 

Perdón por irme, pero me arañaste tantas veces como sueños tuve. Y hoy, en mi soledad, en mi yo ausente, lloro hablando de ti en pretérito.

Ella:

Amigo, tú sabías mejor que yo sobre la crueldad que en mí se encierra, escapando con violencia en mis ataques repentinos. No te culpo por nada, de hecho no culpo a nadie. No había forma de salvarme de mí misma, pero había forma de salvarte. Porque una vez que me viste a los ojos, quise que nadie más me viera y tu amor no sería suficiente para hacerme olvidar. Fuiste capaz de ver cuando todos miran, capaz de sentir cuando todos ignoran, capaz de sonreír cuando todos fingen, capaz de vivir cuando todos deambulan y eso es algo que reconoceré eternamente como la mayor de tus virtudes, porque si no fuera por ello no te habría visto una vez más.

Me conoces tan bien que fuiste a buscarme (inconscientemente creo yo) en la frialdad de la estación del metro en mi rumbo de camino a casa. Me viste a lo lejos, como me has visto desde la vez del columpio, con esa cara de niño perdido, pero esta vez la perdida era yo. Y te divisé entre los rostros secos con mis ojos oscuros y vi tu expresión transfigurarse, ennegrecerse. 
   
Corriste hacia mí porque lo entendiste ¡Tú siempre me has entendido! y conocías los ataques repentinos, el dolor punzante, mi soledad, mi crueldad, mi veneno y todo junto en mis oscuros ojos. Pero a penas tomaste mi mano, salté a las vías tras decir "lo siento".

Él:

Mi niña de los ojos oscuros, hoy me siento solo. Porque cuando me soltaste la mano, para quitarte la vida, arrancaste la mía tras decir "lo siento". 

Ya va agotándose de mí tu recuerdo, tuviste la razón: me envenenabas gota a gota y envenenabas tu mundo entero, había en ti maldad infinita que te trozó desde el interior. Y entre mis muchos delirios, con ramos marchitos y tus fantasmas a cuestas, voy imaginándome qué será de ti, porque es seguro que cuando saltaste, vi en la sangre un dejo de crueldad. Y no se extingue y la siento rodearme y ya va ardiendo dentro de mí.


*Otras entradas del Reto Literario: The death ropeVíctorSegundosEn mis últimos momentosEl Poder de los Medios de Comunicación

miércoles, 26 de febrero de 2014

Victor

Este es mi primer post del reto literario (click aquí para saber de qué estoy hablando)  y tuve que escribirlo inspirándome en la pieza musical de Danny Elfman "Victor´s Piano Solo" de la película The Corpse Bride. Espero haberlo logrado.

También dejo aquí el blog de Paulina, quien creo que ha escrito algo especialmente interesante (aunque no lo he leído): Belle Mot y sé que les va a gustar.


Espero que sigan disfrutando de nuestro sufrimiento. El próximo post se publicará el miércoles 5 de marzo. 


(P.D el relato debe leerse con la música de fondo.)




  



Victor




Con el tapiz desgajado de su habitación azul, se pasea desnuda, de lado a lado, entre sombra y sombra del doloroso recuerdo, con el cabello suelto hasta los pies. De entre todas las cosas eligió el cerdamen cuyo mango es de plata y su collar de perlas, para cepillar su melena salpicada de sal de mar, de maldiciones. Con la costa en la ventana y el susurrante viento despeinando las cortinas púrpuras, con las hojas de los diarios teñidas con la tinta de la letra de su amor, Victor, su gran amor; se pasea desnuda, con su penumbra bajo los rayos quemantes del sol y acaricia la muerte de las flores de junio sobre su mesa de noche, junto al vestido de novia, empapado de llanto, salino como el mar, salino como sus pesadillas.

Se retuerce en la silla, se le agrieta la piel. Cierra los ojos para regresar las mariposas,el jardín, Víctor, el beso primero, el beso último. Regresa las tardes y el amanecer en sus ojos, grises como el día en que se fue, grises como el cielo nublado que cubrió su adiós, su adiós para siempre, porque del peñasco dejose caer para ser devorado por los sueños del mar, por sus bestias y las glorias de sus misterios. Se le contraen las entrañas mientras lo piensa, desnuda se desploma en la silla, sin la intención de volver a vivir, dejando caer su cabello para  perfumar toda la habitación con hiel. Entre sus senos le escurre la tinta de la carta que él le escribió, que ha dormido sobre su piel de espuma y escurrido en su locura perenne. 

Nunca, entre todas sus cartas y hojas de diario, ni su boca ¡nunca!, se dijo algo más triste:  

"Amor (y te digo amor con un dolor en el pecho), jamás he amado así, con más pasión que la que tiene mi carne, ni con más fervor que el que soporta mi cuerpo. Pero no tengo fuerza para cargar con el monstruo que en mí vive y temo, que su respiración se agite y palpite conmigo y sus voces jamás abandonen mi oído, porque si llega el día en que mi voluntad se venza, escucharé al demonio de mi cabeza y, amor mío, mi tormento es que él te conozca, que en mí lo veas. 

Perdóname, perdona mi debilidad, perdona mi miedo, perdona mi dolor... perdóname haberte amado así, tan poco tiempo, con tantos delirios y ya no llevarte otra vez flores.

Te amo (y lo digo con más fuerza que nunca), siempre serás mi amor." 

Víctor


De entre todas las cosas ella eligió el cerdamen cuyo mango es de plata y su collar de perlas, las hojas dispersas de su diario arrancado, el vestido de novia, las cortinas púrpuras y las flores de junio, para guardarlas en el baúl y arrojarse con él desde el peñasco, para ser devorada por el mar onírico y que al fin llenara con su sal sus penas, para que al fin se hundiera en la oscuridad profunda, donde los monstruos duermen.

sábado, 23 de noviembre de 2013

P.D Te Odio

De pronto, de la nada, en un día de sol engorroso, apareciste tú con un "hola". No cualquier hola ¡maldita sea!; fue uno de esos con signos de admiración y alegría falsa, de esos que me dejan helada por el resto del día; entre confusión, entre ira, olvidando la existencia de algo más en el mundo. Te odio.

Todo el día pensé sin pensar en nada, viendo el mensaje palpitando en el monitor; posiblemente con tu sonrisa escondida en el fondo, esa sonrisa mala con la intención de herirme, y con tu indiferencia escrita en el punto final. Esto era de esperarse, sabía que iba a dolerme... pero no sé en qué momento empezó a hacerlo. Hubiera preferido cien mil veces que te quedaras, en vez de quedarse la inspiración; me matas porque te dejo matarme, ¡me odio al dejarte hacerlo!, te odio porque ignoras que lo haces.


Sigo sentada en el sofá, muriendo bajo la lluvia, escuchando Apocalyptica con escalofríos intensos; lamentándome la ironía del amor, llorando porque no sé hacer otra cosa, porque no me dejas muchas opciones mas que llanto y un cigarrillo. De pronto se me quitaron las ganas de dormir; la luz del taburete es mi luna y tú eres mi insomnio, hecho de quién sabe qué, capaz de sumergirme en un miedo tan denso como la lluvia misma.


Contigo, sin ti, ¡no importa! a cada rato haces arder mi corazón; tú y yo tenemos algo en común por si no lo has notado, a ambos nos encanta hacerme sufrir. Ya no sé qué hacer contigo; eres mi dolor de cabeza, mi dolor de estómago (lo escribo con el corazón al borde de un estallido), eres la grieta en mi destino, la premonición inconclusa desde hace meses; eres, por lo tanto, mis ataques incontenibles de risa cuando ya no sé que sentir al respecto, eres mi "una semana más, por favor, para procesar lo ocurrido". Eres, esa es la cuestión, porque si no fueras no te vería al cerrar los ojos, no alucinaría, no me sentiría demente, no pensaría en nuestros atardeceres pendientes, ni en las pasadas lunas llenas. 


Pero me he dado cuenta de cuál es el problema. Las cosas serían más fáciles si tú y yo no fuéramos artistas; ni tú te esforzarías en querer matarme, ni yo me esforzaría en querer morir. Porque los artistas son crueles, crueles a sobremanera, y lo que odio, más que ninguna otra cosa, es que entre todos te siga prefiriendo a ti. Me importas, he ahí un problema más. Pero el mayor de todos es mi odio hacia ti; te odio por cuánto me gustas, te odio porque la solución sería que dejaras de hablarme, te odio porque te quiero querer, te odio porque eres libre de elegir y no me has elegido, te odio porque existes y te odio, con el dolor que mi alma permite, porque no te tengo... no te tengo. 



Fotografía por
Violeta Risueño.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Disculpas

Antes de que digas nada o cualquier otra cosa quisiera pedirte perdón.


Perdón por ser la clase de chica que camina mirando al piso... o al cielo. Perdón por ser la clase de chica que patea las hojas de otoño y huele flores. Te pido perdón por mi molesto amor a la historia y pasión al arte. Perdón por ser la clase de chica que detesta los centros comerciales e ir de compras.


Lamento tener una opinión para todo y una teoría para muchas cosas. Quisiera pedirte perdón por vivir en sueños, por leer tantos libros, por no poder evitar ver la arquitectura en las calles y las fotografías en los muros. Perdóname por ser silencio y por hablar demasiado. Perdóname por guardar tus fotos y por soñar contigo... ¡no controlo lo que sueño!... ¡no puedo!... no puedo.

Siento mucho, de verdad, que me perturben mis pensamientos, que me persigan mis demonios y que no deje de aprender del pasado. Te pido disculpas por mi voz, pero es que así hablo, me salen las palabras y los modos de no sé dónde, ¡de las entrañas!, ¡del ombligo si quieres!... ¡caray!, no te parece nada. Perdóname por escribirte poemas y hacerte dibujos. Sé que no lo hago bien, pero me inspirabas a hacerlo.

Disculpa mi interés por ti, por cómo fue tu mañana, por tus preocupaciones y por tus alegrías. Discúlpame, por favor, por cuando he sido lluvia, por tener el cabello demasiado oscuro, ojos grandes y observarlo todo, por hablarte de música y pedirte consejos. Me apena, como no te imaginas, haber sido contigo yo misma y haberte prestado mi tiempo.

Perdón por ser la clase de chica sincera, la que viste de negro, a la que le gustan sus clases y no duerme por hacer sus tareas. Perdón por ser la clase de chica que no se arregla lo suficiente, odia amarrarse el cabello, se pinta los labios de rojos, de rosas, de naranjas, de cafés. Perdón por ser la clase de chica que se arriesga, que enfrenta sus miedos, que disfruta... disfruta hasta de sus tristezas.

Siento mucho haberte aburrido con mis pláticas sobre estrellas, sobre hadas, sobre filosofía. Siento mucho haberte aburrido con mi gusto por el teatro, por los museos, por lugares antiguos y por los cuadros; pero ¡¿qué podía hacer?! Siento mucho no haber estado a la altura de tus temas.

Me disculpo una y mil veces por narrarte mis pesadillas, por compartir mis temores, por elogiarte, por verte a los ojos, por tomar contigo café y pasear en la tarde. Discúlpame por las risas, por permitirme rarezas y ridiculeces, por rozar tu mano y confundir tu cuerpo con fantasía.

Y por encima de todas las cosas te pido perdón por desear un abrazo, eso, un abrazo, ni más ni menos, sólo un abrazo de despedida. Perdón por llorar ahora, pero la culpa es mía desde que dije "hola".

Como sigo sin entender que habré hecho para arruinarlo, te pido disculpas por todo cuanto me pudiese faltar y quieras perdonarme o no, eso no te da derecho ¡¿me oyes?!, no te da derecho a traer colgando mi corazón en tu suela, a rascarme como se rasca una costra, ni a mofarte de mis sentimientos. No te da derecho a prometerme cosas ni a plantarme anhelos, ni a decirme princesa. ¿No puedes ser más cruel conmigo? sé que son menos mis habilidades que mis defectos; así que perdón, por última vez, por dejarte conocerme y querer conocerte, por vivir en una realidad distinta a la tuya, llena de mis tonterías y lejos de tus ambiciones. Perdóname por pensar en curar tus soledades, por quedarme a costa de mis impulsos y por quererte, poquito y bien, como nadie, ¡nadie! podría hacerlo.


martes, 26 de marzo de 2013

Bienvenido a Mi Bella Soledad.

Es un gusto tenerte de vuelta, gracias por acompañarme en estas noches aún después de tan largo rato.

Así como hubo un fin hace unos meses, hoy hay un nuevo comienzo. Pasé mucho tiempo preguntándome qué quería compartir contigo y ahora lo sé, tropecé con varias historias en el camino y estuve frente a tantos mundos que creí todos merecían ser vistos. Sólo digo, intenté cruzar el espejo y en cada día leí de las piedras un cuento, vi largometrajes en los muros y, con un cigarrillo a medio terminar, escuché los deseos de mi ventana.


No estoy loca, por si empiezas a pensarlo; mi realidad es diferente porque aprendí a ver más que con los ojos y a escuchar más allá de los sonidos. Quiero mostrarte lo que descubrí, encararte (si te atreves) con los monstruos que me persiguieron por calles nocturnas, desenmascarar sociedades mudas, narrarte lo que me dijo la puerta del vecino mientras ladraba su perro, mostrarte ese más allá... ese otro lado del espejo, ese reflejo humeante entre tú y todo lo demás.


Acompáñame, por favor. Sírvete una taza de café y se un poco paciente, pues a veces desvarío. No pido que te quedes mucho, quédate lo que te plazca, es sólo una pequeña invitación. Porque quizá también tú tengas algo que decir, yo te escucharé... yo siempre escucho los ecos de otros mundos y tú eres un mundo completo. Entonces escríbeme también si se te antoja, o bórrame por siempre del recuerdo de  tus hojas gastadas. Pero yo estoy para ti y para escribir lo que me pidas, estoy para demostrar que todas las veces puedes llevarte algo hasta de las más sencillas cosas.


No me olvides, yo no lo hago, no mientras siga habitando en bellas soledades.        

jueves, 21 de marzo de 2013

El Habitante del Espejo

Es medianoche. Aún dueles.

La luna observa mis bellas soledades; del otro lado, el espejo  en tinieblas. Oigo tus pasos tras de mí y el crujir de los vidrios con la lluvia. Te respiro, eres más que aire y menos que cenizas.


No sé tu nombre ni sé tu condición. Nunca he visto tus ojos o palpado tu mejilla. Eres el brillo del espejo en el día... eres la sombra maquiavélica en la noche. Estás ahí, cruzando el puente y el mar tenebroso, al otro lado del contorno de mis pupilas.


¡Bésame! mientras estoy dormida y sabré que existes, bésame sin tocar las sábanas, en un cuento triste, un momento etéreo.


Sé que estás ahí y vives al otro lado del espejo. Sé que me miras cuando yo busco en mi reflejo propio... Mis labios se mueven solos y mi corazón se agita. ¡Grita!, grita en mis sueños y sabré que eres



miércoles, 20 de marzo de 2013

A través del espejo.

Siento casi el estremecer en mis pupilas, hacía mil noches que había dejado de escribirte; pero es una necesidad tanto de ojos y sangre, como del alma y el ser. Es que fueron muchos los momentos que lloví, y ahora mis lágrimas se deslizan a encontrarte. Eres más que aire y menos que cenizas. ¿Dónde estás, tú que me lees?

Te busco a través del espejo de mi alcoba. Veo tu sombra. Estás allí, fantasma confundido. 


Dame tu mano y dime que quieres venir contigo, pierdo el rumbo si no te escribo a diario. Sabes que te amaré mientras perdure mi tinta, mientras perdure mi "hoy". 


Veo en tus ojos la verdad de nuestra historia, eres tan parte de mí como lo soy yo de ti. Y de tus labios oigo el murmuro de lo incierto, de lo que es y lo que no es; oigo los ecos del dolor y la alegría... la tristeza del corazón enmudecido.


Estás ahí. Te siento, aunque no pueda verte, me lees. Y yo te juro, únicamente habrá verdad en mis palabras.


...Es medianoche. Dueles. Duele la distancia y mi bella soledad. Al fin hallé mi reflejo en el espejo, nunca me sentí tan sola y nunca hubo mayor obstáculo entre tú y yo; estás al otro lado.


Muérdeme y en tu locura dime que me amas. Yo estaré aquí. Regresaré a ti, teniendo en cuenta que estás atravesando ese cristal y a penas percibo tu existencia; teniendo en cuenta que me lees del otro lado, compartiendo mis muchas soledades; teniendo en cuenta que somos la reverberación el uno del otro...


Ya no busco mi reflejo en el espejo (lo he encontrado),

Te busco a ti,
te busco a través del espejo.





  

martes, 7 de febrero de 2012

Reflejo en el Espejo

Descubrí lo difícil que es comenzar una línea antes en blanco. Es difícil aquí, lo mio es una libreta rayada, blanca, cuadriculada; con un lápiz, pluma o lo que sea en la mano, una extensión de mi brazo que complete mi ser. Me he visto forzada entonces a escribir antes en papel, las ideas se desplazan muy sencillamente de mis pensamientos a las hojas, siento incluso a veces como si mi mano tuviese vida propia, pues escribe lo que le da la gana sin corresponder siempre a lo que se genera en mi cabeza; ¿O será el dulce olor a tinta que me hace prestar menos atención? De cualquier manera no prometo nada, suelo ser un completo caos. Me gusta escribir de todo, sin discriminación hacia ningún tema, todo puede evocar inspiración.

Es entonces que, en estas frías noches de una bella soledad, me dedico a TI en dondequiera que estés, a TI lector demente que querrá leer mis ocurrencias, mi común desastre, mi vida de telenovela; estoy segura de que tú, ahora y después, leyéndome podrás oler ese diminuto perfume emanado por las letras, ese trasfondo de un corazón abierto, una mente poco convencional, unos labios que no se sellarán jamás y una mano sin descanso, fuera de control e impaciente por escribir.

Podrá ser este sólo un pequeño rincón, apenas una ventana, quizá más apropiado: un espejo. Desde siempre los espejos me han resultado muy siniestros, no será este la excepción. Será el espejo de mis miedos, de mis tristezas, de las absurdas alegrías y los demonios que por siempre allí estarán; un espejo a los abismos y a la fuerte tendencia a la locura, a mundos incomparables ya perdidos.

Suele ser, como dije, que en esas beellas soledades escriba; considéresele a este blog entonces como un oda a la soledad. Y ahora es TU turno, ¿cómo resultará ser tu reflejo?