Tres veces ese mes, Edén, en vez de ser clemente, tener desdén. Tres veces ese pez, que Edén, en vez de merecer, tener; en vez de querer, perder. El pez bebé de Edén beber; perecer en el Belén.
Antes Brucilda creía disparates, empeñándose ferozmente, guiándose hacia increíbles juramentos kantianos. Luego, menos necia, optó por quedarse riendo sobre todo, ufana, vanidosa, wagneriana. Xilofoneando, yació zafada.
-Vete conmigo- le dijo, -tengamos medio siglo de vida en común.- Ella hizo maletas, sin gramo de seguridad sobre su porvenir, con el adolescente corazón tan hinchado como una cereza. Él le dio un beso en sus delgados labios: -Vete conmigo, por favor... - Mientras ella transbordaba un tren diferente. ¿Lo último que vio ella? un par de ojos arrugados con la esperanza intacta. ¿Lo último que vio él? la falda de una mujer orgullosa aunque por dentro, hecha añicos; al amor de su vida que... nunca volvió.
En la sobriedad de un verano suntuoso, claro azul, fresco como las flores de algodón, salado e intensamente bello; Cristal te recordaba.
El paño en su piel la había dejado en la soledad de un cuarto en la casa de una señora mayor ya casi ciega, con el único atractivo de una ventana inmensa con vista al mar. El roce de la brisa son las únicas caricias que Cristal conoció, así como la de los rayos del sol la única gentileza. Cristal, con los huesos enfermos y el corazón cansado, te recordaba.
A ti, sueño enterrado en la arena, ido en un velero fantasma, abandonado en una botella. Cristal, con el armazón de piel bicolor, el cabello gris como el angosto cielo, y la casa desvencijada como su vida entera, sentóse a contemplar recuerdos, como ajenos, como perdidos, y cerrando los ojos decidió permanecer así, como la anciana del piso de abajo, sin muebles y sin visión, para al fin y al cabo sucumbir al mar desde su ventana.
El suicidio es azul, decía, mientras se tumbaba sobre la hojarasca.
Julieta recogió un puño de flores del jardín de un desconocido y las situó en un balde; estaban secas. Decoró con ellas su mesa de noche y se dispuso a cambiar sus sábanas. Encima de su cabecera, más cosas robadas: pinturas, señalamientos de tránsito, ropa de bazar.
Se desnudó tranquilamente con la ventana abierta, era un delicioso día nublado y su cuarto emanaba un aura azul. El sol se asomaba de vez en vez entre las nubes iluminando su corto cabello rubio y sus pezones rosados.
Se echó en sus sábanas limpias junto a su balde de flores y se empeñó en quemarles los pétalos con un cerillo hasta que le punzaron los dedos. Ahogó lo que quedaba de sus flores en la tina de una en una y quiso ahogarse a ella misma también. Julieta se soltó el cabello y sumergió nariz y boca en esa tina. Contó: uno, dos, tres... diez, doce, quince... hasta que se le fue el aburrimiento.
Julieta es una de esas suicidas que quieren matarse cuando a la mitad del día ya no tienen nada más que hacer.
Yazco, en una madrugada fría como mis extremidades; tiemblo. Quince días y contando, huelo a todas las inmundicias: wiskhey, esperma, mota, amor. No siento mis manos y padezco de náuseas sin vómitos, náuseas sobre mi cama siempre destendida, como una flor. El cenicero acumulando la decepción desde el día en que desperté en el mundo. Riendo, comencé a llorar, y no paré sobre ningún hombro, el abismo mira dentro de mí con cada trago en el que yo miro en él, ¡Bien me conoce el culo de la botella! No me olvides, te grito, ¡No me olvides! y se me evapora tu rostro en mis deseos y yo no me puedo tocar, mi piel se siente ajena, porque es tuya, todo el tiempo tuya... No me olvides, ven. Idiota, solitaria, frígida, infeliz. Tengo lepra. Me hace falta tu depravación, si no se enmohece mi carne. Estoy podrida, huelo la fetidez en mi ombligo, entre mis dedos, en mi aliento, en mi vulva. No he salido de esta habitación desde hace quince días. El calor me chamusca y chamusca las paredes, me he bañado con agua fría y he enfermado. Se me cae el cabello, uno, dos, tres, cincuenta; ya no los barro, ya no barro las migajas, he olvidado comer, he olvidado dormir, he olvidado despertarme. Estoy inmóvil, soy un feto inmóvil en este mundo jodido. Peso demasiado, mi existencia pesa demasiado y me ha enjaulado como a un gusano a este sucio piso de lodo; me retuerzo sobre mi sudor y mis lágrimas confundidas con mi sudor, con un lamento que parece risa porque la burla inició el lamento. Me miro desnuda en el espejo y río como desquiciada, con sangre en la boca y menos dientes; Esta no soy yo, esta no soy yo, me repito. Sobre una silla abro las piernas y veo dentro de mí misma, el abismo mira dentro de mí, como el culo de la botella sin fondo, la pipa tapada con excrementos, y se burla, me habla con su voz gangosa: Miserable, eres miserable. La toco para callarla y me escupe, las voces suben a mi cabeza y pienso en la muerte. Cojo mis zapatos de suela inservible, suela resbalosa, y salgo al hielo de la madrugada, estoy dopada de éxtasis. Corro y río y lloro y corro y vuelo y caigo y muero... muero, muero (ya no siento mis manos), muero, muero, muero, muero (las voces se vuelven susurros), muero, muero, muero, muero, sonrío, estás ahí, está tu rostro entre mis deseos, no me olvides, ven.
Corazón, ¡cómo me has hecho trizas! Sólo me quedó tu beso en la comisura de mis labios, tu ceño fruncido y tu sombra en los espejos. Se me han ido las ganas de esperarte y ha empezado mi embriaguez, la que ya conocías, la que está llena de olvido. Fue una tarde maravillosa, con el césped crecido a causa de tus irresponsabilidades y con el sol en el cenit, enviándonos bajo la sombra de tu árbol preferido. Sé que me recosté junto a ti y te tomé la mano, sin decirnos nada más que tonterías, viendo tus ojos y tú riendo de mí. Pero empieza a costarme recordar, porque el tiempo me ha acostumbrado a recordarte como un sueño, como lo que siempre fuiste: humo, niebla, delirio, incertidumbre. Recuerdo un espejo con paño y un cenicero atiborrado de melancolías, nuestro reflejo fue cortándose a lo largo de estos años, dos, tres años, no lo sé, nunca he sabido, yo no distingo el día en que llegaste del que te fuiste, siempre fue igual, fuimos iguales, necios tratando de domar lo indomable y de someter lo insometible, niños perdidos y luego encontrados. Siempre te ibas... pero aquella vez no volviste. La cama no tenía sábanas, finalmente habías cambiado las cortinas por unas verde oscuro, te sentaste y rechinó la silla, ya acostumbrada, como yo, a tus ausencias. Encendiste un cigarrillo y apreté los ojos, parada frente a ti, fría como piedra, porque quería imprimirte en mi memoria, quería tenerte, presentía el adiós. Sabía que no soportaría mi vida sin tu expresión triste, sin tu taciturno suicidio. Me recosté en la cama. Te burlaste, sonreí. Fue la única vez que me viste llorar, lloré silenciosamente aferrada a tu pecho, con tus dedos acariciando mi espalda y con ella la desolación tangible en cada uno de mis poros, no me había percatado de que temblaba hasta que tú me dijiste. Pediste que no lo hiciera y yo apreté tu cuerpo, como si hubiera recibido una bala. Corazón, ¡cómo me hiciste trizas! Nunca me sentí tan libre como ese día, cuando me soltaste. Maldigo mi libertad nativa, no la que tengo contigo, la que tengo sin ti, cuando estoy sola. Porque la soledad me separa de la indiferencia, provoca el deseo de perderme dentro de mí misma. Tú ahuyentabas mis demonios, sabías cómo, jugabas con sus posibilidades. Te fuiste sin limpiarme las lágrimas, sin llevar contigo fotografías ni espejos rotos. Lo último que susurraste, antes de llevarme a casa, antes de aferrarme a ti, fue:
"Te amo, ¡cómo te amo!, pero eres tan niña, tanto te falta y yo viviendo tan ocupado lidiando con la vida. Sé del dolor que te provocan mis múltiples despedidas, mi amor momentáneo, y ya no aguanto herirte. Tal vez, en otro tiempo, en unos años, te encuentre y me case contigo y pueda cumplirte las promesas que había hecho; pero es egoísta pedirte que me esperes, porque ahora yo no puedo darte nada."
Entonces yo, que te amaba, tanto como me era posible, me di la vuelta con el puño cerrado y con la ropa empapada en un manantial de desdicha. Y te esperé, contradiciéndote, como fidelidad a mis costumbres, durante años, o siglos, no lo sé, no distingo el día en que llegaste del que te fuiste, porque el tiempo y la soledad me acostumbraron a aceptar que no exististe, ni existes, ni existirás.
Este es mi primer post del reto literario (click aquí para saber de qué estoy hablando) y tuve que escribirlo inspirándome en la pieza musical de Danny Elfman "Victor´s Piano Solo" de la película The Corpse Bride. Espero haberlo logrado. También dejo aquí el blog de Paulina, quien creo que ha escrito algo especialmente interesante (aunque no lo he leído): Belle Mot y sé que les va a gustar. Espero que sigan disfrutando de nuestro sufrimiento. El próximo post se publicará el miércoles 5 de marzo. (P.D el relato debe leerse con la música de fondo.)
Victor
Con el tapiz desgajado de su habitación azul, se pasea desnuda, de lado a lado, entre sombra y sombra del doloroso recuerdo, con el cabello suelto hasta los pies. De entre todas las cosas eligió el cerdamen cuyo mango es de plata y su collar de perlas, para cepillar su melena salpicada de sal de mar, de maldiciones. Con la costa en la ventana y el susurrante viento despeinando las cortinas púrpuras, con las hojas de los diarios teñidas con la tinta de la letra de su amor, Victor, su gran amor; se pasea desnuda, con su penumbra bajo los rayos quemantes del sol y acaricia la muerte de las flores de junio sobre su mesa de noche, junto al vestido de novia, empapado de llanto, salino como el mar, salino como sus pesadillas.
Se retuerce en la silla, se le agrieta la piel. Cierra los ojos para regresar las mariposas,el jardín, Víctor, el beso primero, el beso último. Regresa las tardes y el amanecer en sus ojos, grises como el día en que se fue, grises como el cielo nublado que cubrió su adiós, su adiós para siempre, porque del peñasco dejose caer para ser devorado por los sueños del mar, por sus bestias y las glorias de sus misterios. Se le contraen las entrañas mientras lo piensa, desnuda se desploma en la silla, sin la intención de volver a vivir, dejando caer su cabello para perfumar toda la habitación con hiel. Entre sus senos le escurre la tinta de la carta que él le escribió, que ha dormido sobre su piel de espuma y escurrido en su locura perenne.
Nunca, entre todas sus cartas y hojas de diario, ni su boca ¡nunca!, se dijo algo más triste:
"Amor (y te digo amor con un dolor en el pecho), jamás he amado así, con más pasión que la que tiene mi carne, ni con más fervor que el que soporta mi cuerpo. Pero no tengo fuerza para cargar con el monstruo que en mí vive y temo, que su respiración se agite y palpite conmigo y sus voces jamás abandonen mi oído, porque si llega el día en que mi voluntad se venza, escucharé al demonio de mi cabeza y, amor mío, mi tormento es que él te conozca, que en mí lo veas.
Perdóname, perdona mi debilidad, perdona mi miedo, perdona mi dolor... perdóname haberte amado así, tan poco tiempo, con tantos delirios y ya no llevarte otra vez flores.
Te amo (y lo digo con más fuerza que nunca), siempre serás mi amor."
Víctor
De entre todas las cosas ella eligió el cerdamen cuyo mango es de plata y su collar de perlas, las hojas dispersas de su diario arrancado, el vestido de novia, las cortinas púrpuras y las flores de junio, para guardarlas en el baúl y arrojarse con él desde el peñasco, para ser devorada por el mar onírico y que al fin llenara con su sal sus penas, para que al fin se hundiera en la oscuridad profunda, donde los monstruos duermen.
Eran casi las siete cuando ya había anochecido, la cena deslumbraba bajo el viejo candelabro y los manteles rojos ya se habían estropeado con el vino. El árbol navideño era de tres metros de alto, con esferas doradas y luces de colores, ángeles de migajón, regalos a montones por debajo,tarjetas y pastelillos de fruta. Toda la casa olía a pino, pero parecía que uno respiraba diamantina con tanto adorno colgado en los espejos y en las paredes. Las risas y los gritos de los niños ponían nervioso al perro, hasta que el sonido de los cohetes lo mandó a esconderse bajo el lavabo. Tres cestos con uvas me miraban de reojo sobre la mesa principal; una sola lágrima nauseabunda cayó esa noche, escurrió por mis mejillas coloradas y la atrapé con el dedo pulgar para seguir pensando. Pensaba en lo que fue, en lo que es y en lo que puede que sea, me percaté de que no era la persona que esperaba ser; había olvidado ya todo lo importante. Deseé en ese instante y con todas mis ganas que el año venidero fuera distinto... ¡Me había vuelto tan cobarde! y el miedo mismo me lo introduje sola. Quise llorar todo lo que no lloré en el 2008, quise recordar todo lo que olvidé a la fuerza, quise despedirme del monstruo que fui... sin sentimientos, sin culpa. En esa única lágrima se desechó todo. A eso de las dos empezó a darme sueño, en realidad hacía cinco horas atrás que había comenzado a soñar despierta, pero debía dormir para matar las memorias. Dejé la copa medio vacía, no medio llena. Dejé la hoja con mi anhelo escrito para quemarla luego, subí a dormirme con la taza de té al lado donde enjuagaría la pena para despertar en un nuevo año sin ningún recuerdo, para vivir plena, sin máscara alguna.
Y esta fue la primera nota que encontré en mi buzón: -¿Quién eres? -decía la nota. Cerré los ojos y me lo pregunté con todas mis fuerzas: -¿Quién soy? -pero ninguna voz en mi interior respondió. Supongo que hoy soy sólo eso; silencio.
Ella despierta e inhala, inmóvil se pregunta si quizá esa noche le hablaste en sueños. No te halla. Exhala.
Mirándose en un espejo: ¡Qué tristes se ven sus ojos!
Sale a caminar. Llueve. No, el cielo escupe amarga y esporádicamente queriendo llevarse un poquito su pena. Recorre las calles que recorriste con ella, se sienta y aguarda; espera verte doblando la esquina y que ocupes el asiento que aún te tiene guardado.
Y si es de tarde yacerá frente a la ventana burlona; firme, en silencio, alucinando que vio tu sombra, que vio tu rostro, confundiéndote con todo aquel cuanto pasa...
Y si es de mañana no sale, se queda en cama con el celular en la mano, leyendo y volviendo a leer los mensajes de hace más de un año. Tus mensajes.
Pero en la noche es diferente, ella la anhela, un fino instante de paz entre sábanas y obscuridad; donde, si bien no hay luz, imaginar no cuesta, sentir no cuesta... vivir es sencillo. Porque si es de noche es cómodo tocarse, recordando pues tu cálido tacto. Pensando en el cuento de amor que no ha sucedido y no ha de suceder jamás; pensándolo una y otra vez con la intención de soñarlo.
Cae dormida.
Son las cinco de la mañana: revisa su celular, no vaya a ser que le hayas llamado... le pareció escucharlo sonar. Ya es de día, ella no quiere despertar.
-Deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer, deja de comer...
Y ella cubrió sus oídos para ahuyentar al demonio de débiles garras, de la corona dorada, de corazón tan chiquito.