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domingo, 4 de septiembre de 2016

Lo Divino, lo Sagrado y lo Profano

Nube Blanca, jefe y anciano de la tribu Sioux, era el encargado de la educación de los más jóvenes. Para darles raíces, les relataba historias de sus antepasados; para su crecimiento, los hacía mirar dentro de ellos mismos, buscando el contacto con la divinidad. Pronto, cuando sus estudiantes estuvieron listos, los llevó a ver respirar a las flores, y mientras las contemplaban, se formó un remolino de aire. El más joven lo señaló y dijo: "Miren, una manifestación de Dios". El remolino golpeó el tronco de un árbol, el estudiante cortó su madera y la talló dándole forma. La volvió sagrada.

Una mañana, mientras Nube Blanca enseñaba; llovieron flechas. Los Sioux fueron invadidos. Uno de los invasores que estaba saqueando las casas, se topó con la figura que había tallado el joven, y la hurtó. 


Muchos años más tarde, cuando la violencia ya se había disipado, la figura de madera era expuesta en un museo con una inscripción debajo: Estatuilla sagrada (Sioux). El joven estudiante, uno de los pocos sobrevivientes, era ya un viejo cuando regresó a su tierra y encontró aquel museo. Entró para recordar las enseñanzas de Nube Blanca y en su recorrido vio su anrigua figura Leyó la inscripción y dijo: "Mi figura ya perdió toda su belleza, no es ya sagrada,  la profanaron al exhibirla aquí."


Violeta Carrasco Jiménez 


El origen de la vida en la Tierra 
Thomas Sullivan

martes, 7 de junio de 2016

Bajo la Lluvia

Había una vez, en el reino de los sueños, una joven encerrada en una misma pesadilla. No sabría decirles cuanto tiempo llevaba allí, puesto que en aquel reino no existe unidad de medida para tal; los sueños carecen de inicio o fin, se repiten en espirales. Y en esta, eternamente era de noche y eternamente llovía. La joven, de inocente apariencia, cargaba consigo un paraguas y paseaba sola, encontrándose ocasionalmente con criaturas del reino.

Hadas mortíferas solían ofrecerle regalos de su cultivo de flores para que adornara su cabello castaño. Todo aquello que crecía en el bosque, crecía muerto, por ende las flores siempre estaban marchitas. Cuando jugaba al escondite, lo hacía con su sombra; si tocaba a un duende, lo transformaba en piedra. Todos los árboles, secos, no le propiciaban ningún refugio para la lluvia; y era fácil perderse entre los senderos, todos se veían iguales, porque todos eran lo mismo.

De vez en cuando el silencio se rompía por horribles cantos provenientes de las arpías que custodiaban el cielo y moribundas aves en sus nidos. Un día, la joven halló a una de estas criaturas tendida sobre la hierba, cuando la vio sintió sincera compasión y el ave, agradecida, le cantó un poco. La joven, convencida de que si aún cantaba, podría volar, la arrojó al aire y le pidió que la llevara consigo. El ave la tomó de los brazos y con increíble fuerza la levantó del suelo. Ella soltó su paraguas.

La joven cayó asustada tras oír un terrible bramido atrás de ella. Se había alzado una luna roja y la lluvia ahora la empapaba. La figura de un caminante deforme estaba frente a sus pies. Con los ojos enardecidos hacia la pequeña que intentó escapar, aquel demonio sin cuerpo o forma tiró de unos hilos invisibles y la colocó a su altura. Sin posibilidad alguna de despegársele, ella danzó con él durante media espiral.

Tras un forzado baile para la diversión del demonio, la arrojó al barro, junto a su paraguas, dejándola inconsciente. ¡Oh, pequeña, pobre de mí!, llevo tanto viendo a esta historia repetirse y tú sigues siendo incapaz de volar fuera del bosque. La espiral del sueño se encoje y se extiende pero le es fiel a su narración. Despertarás con miedo, con la lluvia escurriendo de tu rostro, encontrándote ahí, en el siempre.



La joven, tras dormir sin sueño alguno, despertó empapada, abrió el paraguas y siguió caminando bajo la lluvia.


martes, 8 de marzo de 2016

El autobús

Helaba como sólo hiela en Apizaco, el frío y la prisa me obligaron a vestir saco y sweater, bufanda y guantes; por si fuera poco, cargaba una enorme mochila y una llamativa bolsa de mano café mientras corría hasta la parada de autobús. Siempre he encontrado peculiares sus olores, sobre todo con mi perruno sentido del olfato. Me huelen a polvo rancio y a como si estuviera escurriendo del techo una plasta de almas humanas. “Buenas tardes”, le digo al conductor, quien me responde con su chimuela sonrisa. Me acomodo en el primer asiento y dejo descansar mochila y bolsa a un costado.


En el espejo retrovisor veo a un hombre alto y muy delgado vestido de negro, se me figura a un alma atormentada, algo así como un buitre bien adiestrado para la convivencia social; es bien dotado física e intelectualmente (lo presiento porque lleva ‘la insoportable levedad del ser sobre las piernas’), también ha de ser talentoso, pues carga una pintura al óleo cubierta con una tela blanca. Se ve callado y malhumorado, ¡Qué amargura! pienso, es un hecho que este enclenque buitre es menospreciado en su círculo social, sus compañeros artistas lo recriminan por no atenerse a las técnicas tradicionales de pintura y él les responde con la mirada altiva y rencorosa. No dudo que de pequeño fuera molestado por sus compañeros, quienes le hacían caricaturas de su larga figura en la contraportada de sus libretas, las niñas tiraban de su grasoso cabello y los profesores se reían de él a escondidas. Los adultos pueden ser muy crueles.


Aquel rebelde siente mi mirada y posa sus ojos en el espejo retrovisor, desvío mi atención inmediatamente. Ese hombre amargado debe ser de aquellos que cuando te besan se disculpan o te atarantan de lo mucho que te preguntan si te gustó. A su lado se sienta una señora regordeta de abrigo rojo. Se parece mucho al joven de manos pequeñas y carácter de buitre, quizá sea su madre, pero a él le avergüenza tanto su mal gusto en moda que le pidió que fingieran no conocerse. Y no lo juzgo, la señora, además de un abrigo rojo cereza, viste una blusa amarillo huevo, unos leggins blancos y un bolso oscuro. En cuanto la vi pensé en hamburguesas, era como tener enfrente al mismísimo Ronald McDonald, pero alimentado un poco de más.




La señora y su hijo no se hablan, él la juzga por sus atuendos y ella a él por sus desfiguradas pinturas. Seguramente, para molestarla, pinta mujeres desnudas y cosas blasfemas; tampoco se come los platillos que le prepara y ella termina comiéndose esa porción. Estoy mareada, se me ha hecho largo el camino y pensar en hamburguesas chorreando grasa me revolvió el estómago. Trato de fijar mi vista en frente, pero mis nuevos vecinos son una distracción, un chico y su novia están en los asientos de al lado.


Mi fila es individual, la de ellos doble. Van tomados de la mano, pero la chica lo suelta para responder un mensaje; él se inclina con la intención de verlo, ella se hace a un lado sutilmente. Para su novio no fue sutil, fue como una bofetada, escucho cómo le dice agresivamente: “¿Con quién hablas?”, y la pobre muchacha abre tanto sus ojos que parecen pelotas de ping pong. Hasta yo me espanto, me arrimo hacia la ventana y espero ver salir volando ese celular. Si platica con un amigo no tuvo por qué tratar de ocultar lo que escribía. ¡Qué cinismo!, suelto una risita y ellos me miran feo. Disimulo quitándome el saco, estoy sudando de tanta presión, en cualquier momento voy a presenciar una dramática ruptura. ¡Un tope! El celular cae al piso, el chico lo toma y su novia trata de quitárselo por la fuerza.


El autobús frena bruscamente y mi mochila rueda un escalón. “Aquí bajo” digo triste al llegar a Tlaxcala, aunque tentada a esperarme una parada más con tal de ver cómo terminan las historias. Me pregunto si el buitre y Ronald McDonald al bajar se irían por lados separados o si caminarían juntos hacia una misma casa; y si el inocente celular saldría volando por la ventana o alguno de la parejita acabaría con un ojo morado. Aquí no hace tanto frío y yo me veo chusca con tantas prendas, miro alrededor y me doy cuenta de que me equivoqué de parada, “Qué tonta”, balbuceo, aunque con una sonrisa traviesa coloreando mi rostro, pues estoy segura de que una parte de mí quería otro trayecto, uno donde halle personajes diferentes, quizá más llamativos, más amargados y menos gordos, menos locos, pero todavía más entretenidos.

(Mc con el mundo en las manos
por
Constanza Coneza)


jueves, 14 de mayo de 2015

Alejandro

Desde el primer día en que te conocí supe que iba a quererte. Te deseé ver retorciéndote cual gusano y poniéndote de rodillas tras yo decir "siéntate, perro". Te sonreí y te hice la plática. Creo que te gusté, me mirabas mucho y yo no podía sostener mis ojos en los tuyos; imaginaba cosas. Sabía que conmigo descubrirías que eres multiorgásmico y que a la larga ya no podrías zafarte de mi mente; tendrías ahí, presente en la sopa, en el tendedero con ropa seca, en el mosquito tortuoso del verano y la levadura del pan, a mí, con los labios rojos y húmedos de deseo, y esa expresión que vas a alucinar en tus amantes por el resto de tu vida. Serías mío y nada más que mío por el tiempo que yo quisiera y para lo que yo quisiera hacerte.   

Te soñé todas las noches durante dos meses enteros. Fuimos un amor libre en hamacas bajo atardeceres, nadamos desnudos en una cascada; fuimos un tibio beso en el sillón de mi sala y después risas en la cocina; fuimos una caminata nocturna por calles desoladas y con gruesas gotas cayendo del cielo; un débil día soleado de otoño con las hojas amarillas debajo de nuestros pies; un par de locos hablando de otras dimensiones rozando la yema de nuestros dedos como queriendo traspasarnos al igual que en cientos de ocasiones traspasamos las paredes. No tenía ni una mísera ilusión contigo pero yacían emanantes y vaporosas todas estas hermosas aventuras.

Sin tú hacer nada, ni pretender nada, ni planear nada o poner el más mínimo esfuerzo; me enamoré de ti. Tras dos meses había perecido, yacía derrotada en mi sofá; ni cerrando los ojos estaba cuerda. Estaba, estoy, jodidamente enamorada. Recalco, no locamente enamorada porque el amor a mí no me enloquece, me jode por completo. Y ya te quiero, te quiero tanto y de tantas formas y para tantas cosas. Coño, en la oscuridad de mis impulsos te me apeteces de esclavo, te uso para mi placer sin que ni siquiera te des cuenta, estimulándome con tu charla inteligente preámbulo a la cama, mi cama, donde yo mando, tú obedeces. Veo tus manos e imagino la calidez de tu sangre y nunca había visto ojos como los tuyos, tan llenos de fuego, todo tú eres fuego. Y yo tan agua, soy una gotera audible en el silencio y la soledad de la noche; pero si te veo, ¡Oh!, tan sólo con verte dentro mío ya hay una tormenta.

Reprimí mis impulsos y mis ideas en cada ocasión que coincidimos, el escalofrío belicoso tan propio de mí ya me iba comiendo los sesos, el corazón y cada uno de los órganos. Eres buena persona, Alejandro, pero sucede que en el fondo yo no lo soy, siempre he sido cruel, y si no tuviera sentimientos por ti ya lo hubieras constatado. Ruego, de verdad, por que cuando lo descubras no te alejes. Mejor no lo descubras, Alejandro, y quédate conmigo. A pesar de mis enormes ansias por poseerte, me aferré a aquel sueño del amor libre, la cascada y los atardeceres. Y me prometí a mí misma que no haría absolutamente nada para llamar tu atención, que tejería la telaraña y ya tu te acercarías por voluntad propia. 

Y así pasé dos meses más, alimentándome de tus migajas, llorando de frustración y trazando doscientos cincuenta planes para hechizarte, manipularte y que fueras tú al que se le salieran las lágrimas sin tu previo consentimiento. Esta lucha sobre herirte o no herirte me estaba matando, mi cabeza me estaba haciendo trizas porque mi naturaleza me exige pensar sobre cada detalle en todo momento y medir cada uno de tus gestos y expresiones corporales, calcular la medida exacta de lo que te gusta y lo que no e irme maquillando con ello como lo haría cualquier lobo sobre la estepa. Sin embargo, todo quedó allí en el retazo de mi mente, y seguí esperando con total cautela a que te enamoraras de mí, mostrándome cómo soy. Me estabas matando, Alejandro, y con lo mucho que me gusta la muerte, necesitaba que los hicieras despacio, lentamente, beso a beso. Y así fue como nos besamos la primera vez, como dos niños recogiendo flores en un campo abierto. Encendiste una luz en mí que no sabía que existiera; eres fuego.

Fue entonces cuando empecé a amar cosas que no sabía que era capaz de amar, y recitaba todo el tiempo como si fuera de mi autoría, como si estuviera atorado en mi esófago junto a las despiadadas y asesinas mariposas, como si no lo hubiera leído antes en algún lugar y me hubiera sabido en otro momento asquerosamente dulce, estos versos:

"Amo las cosas que se pueden entrelazar,

tus manos,
tus cabellos,
tus dedos,
tus piernas,
tu lengua,
tu vida, la mía..."

Descubriste cómo me gusta besar, con desesperación. Y de verdad creí que iba a ser posible, que esa pequeña vela encendida desde tu llegada me iba a inundar con una sensación tranquila, como feliz, nunca antes me había sentido feliz, pensé que era un invento de la literatura intrascendente o la mala filosofía, pero ahí estaba, esa aura suave alrededor de mi cuerpo cada fin de semana en el que te tenía. Tener, aborrecí la idea de tenerte, quería vivirte, así, libre, salvaje, lleno de ti, sin privaciones ni límites. Pero el ser humano no está hecho para la libertad.


Cuando una persona no sabe a que atenerse, teme; la supervivencia nos ha hecho requerir algo de que sujetarnos, de lo contrario el pánico entra en acción. Somos criaturas débiles. Y tú, miserable, nunca diste ni un carajo por mí. Mi telaraña se quedó ahí, medio descocida, desgastada por el olvido, se contaminó nuestra cascada y el cielo al atardecer y mi sueño puro se trastornó en el más doloroso de los insomnios. La oscuridad regresó y con ella la ansiedad, las imágenes de ti suplicante ante mi puerta. Perdóname, Alejandro, pero yo enfermo, muero y mato por amor.  Perdóname por lo que estoy a punto de hacerte porque anhelo con toda la fuerza de mi alma deshacerte. Es tu culpa, Alejandro, lastimarme es como abrir las puertas del infierno. 


De antemano siento decirte que vas a sufrir mucho, no por ahora porque yo no lo quiero, pero en tu cuello ya va la soga que me pertenece, una correa y un dije con tu nombre; con el tiempo va a gustarte que te trate como animal. Esa parte de mí, sombría y grotesca, me ataca con susurros, sensaciones punzo cortantes en mi esqueleto, quiero aventármele a tu yugular, fornicar contigo ruidosamente; sin embargo te sonrío espontánea y coqueta, para  darte después un muy largo beso en la boca, en mis ojos no hay pizca de ternura, ¿por qué tenías que recordarme, Alejandro, que dentro mío no cabe la luz?


Voy a dártelo todo, absolutamente todo lo que me pidas,  me tienes a tu disposición. Pero un día, sin decirte nada y sin previo aviso te lo arrebataré. Soy un monstruo, Alejandro, pero sé querer, a ti te quiero, te quiero arrastrándote detrás mío y yo no volveré hacia atrás y tú me seguirás soñando en tus desvaríos y contemplándome en la oscuridad de tu cuarto, en el humo de tu cigarrillo, en el agua de tu ducha, la sal de tus alimentos, la sequía de tu garganta, la zozobra de tus amaneceres. Perdóname por lo que voy a hacerte, mis intenciones no eran que termináramos así, muriendo juntos, pero tu indiferencia es insoportable y se me fueron acabando las armas para luchar contra mi ansiedad, tu poco cariño no pudo contrarrestar el odio con el que vine al mundo, las ganas de verlo todo caer frente a mis ojos y la enorme ambición de poder, poder para destruir, poder para hacer lo que me dé la gana. 

    
Perdóname, pero esta es la única forma en la que sé querer. No conozco más, no me enseñaste más, no hay nada mío que no se haya podrido aún. Me duele verte así, sonriéndome, ignorante del daño que me ocasionas, no sabes nada del veneno bajo mi piel, sigues aquí, abrazándome fuertemente, besándome las clavículas, sin la más pequeña intuición de que seré la espina que atormentará de por vida a tu pensamiento. Ay, Alejandro, si tan sólo me hubieras dicho lo que más quería escuchar, nada de esto pasaría. Perdóname, sé que no lo haces adrede, eres una buena persona, pero en el fondo, yo no lo soy.     


jueves, 31 de julio de 2014

Hasta que Vuelvas a Sucederme II


Creí que nunca volverías a sucederme, pero ahí estabas, un año después; toda una vida. No te esperaba ni te espero ahora, pero nadie pudo nunca sacarte de mi cabeza, bueno, quizá uno, pero al igual que tú, se fue sin decirme nada. 

No sé en qué momento tomaste ese gusto por las fiestas, ni en qué momento el destino empezó a mofarse de mí, a degustar mis momentos ridículos o excepcionalmente barbáricos, y absolutamente inverosímiles; mejores que cuentos y condenados a la eterna estancia en mi memoria o en mis letras, porque son demasiado extraordinarios (por no decir abrumadores, entre otros adjetivos) o porque sencillamente mis oyentes nunca los creerían. Si el destino fuera una persona, como alguna vez Lewis Carrol dijo que lo era el tiempo, se habría revolcado de la risa esa noche.

Como de costumbre, estaba buscando a alguien, pude haber buscado a quien sea, menos a ti y menos en ese lugar; buscaba a una amiga en la casa de una amiga como a las 2:00am, porque su torpeza me metió en un lío (le dijo a sus papás que yo la regresaría a casa) y después de escaparse de una simple reunión, nos hizo a todos perder la cabeza. La encontramos, eso no importa, lo importante es que yo fui la elegida para entrar en el barbullo y sacarla a rastras. 

Conocía a la mayoría de las personas a mi alrededor, pero ninguna me daba pista de su paradero exacto; me asomé a una habitación y vergonzosamente me topé con dos chiquillos durmiendo; cuando me volteé había alguien ahí, un señor enojado porque abrí la puerta y lo único que se me ocurrió decir fue "que les estaba echando un ojo". No soy muy ingeniosa en este tipo de circunstancias.

Llegué al jardín y observé un círculo de hombres jugando "beer-pong", pegados hombro contra hombro. Mi mejor amigo llegó corriendo tras de mí y me dijo:

-Sophie, ¿Por qué tardas tanto?

-No encuentro a Mónica, no sé dónde se metió. ¿Será que mintió otra vez y se fue a otra parte?

-Nah, debe estar viendo cómo juegan, voy a ver.

Cabe recalcar que mi mejor amigo es gay, esto es sumamente importante para denotar lo hilarante del siguiente evento. Él se fue a asomar al tumulto ebrio alrededor de una mesa de ping pong, yo volteaba a los alrededores por si veía a Mónica escabullirse a mis espaldas, cuando una carcajada estridente llamó mi atención, vi la espalda de mi amigo no tan lejos y fui a ver cuál era la payasada o el payaso, según se ameritara.

Olía deliciosamente a whiskey, el pasto estaba húmedo y las luces alumbraban lo suficientemente bien la puesta en escena de mi odiado Destino. En cuanto sostuve a mi amigo por el brazo tú volteaste, los pelos se me pusieron de punta, estabas borracho, ¿qué digo borracho?, ¡borrachísimo! y me veías con los ojos entreabiertos, todo colorado. No sé qué cosa me dijiste o me intentaste decir; mi mejor amigo (de quien seguramente había sido la carcajada al verte de esa manera) se alejó de ti unos pasos pero tú lo regresaste a su lugar. Todavía pienso que fue un delirio lo que presencie, un juego otorgado por mi mente o una broma de ustedes dos, porque lo agarraste rápidamente y le plantaste un beso en la boca, el muack estridente me aturdió, mi amigo se giró hacia mí, confundido, retrocedimos y me dijo impaciente:

- Tengo que explicarte qué fue lo que pasó, no quiero que creas que...

Entonces lo interrumpí y lo abracé, sin saber si tirarme al piso de la risa, si llorar o hacer ambas cosas aleatoriamente. -No es tu culpa- le dije, y se me ahogó la voz. Pero no termina ahí, si tenía la esperanza de que en tu estado no me hubieras reconocido, murió cuando, como pudiste, me gritaste:

-Seguramente te la pasas con ese wey... ¡Y todavía lo besas!

Creíste que mi abrazo hacia mi mejor amigo gay, había sido un beso. Esta es la mejor definición de "ridículo" que he escrito jamás. Continuaste:

-Tú haz de creer que no me entero de las cosas.

Después dijiste algo sobre la última vez que nos vimos, en la casa de tu novia (¿ex novia?) de hecho, pero yo ya no podía seguir escuchando más, mis piernas ya habían empezado a temblarme y la cabeza me iba a estallar de tanta confusión. Me fui corriendo del jardín y me topé con Mónica en la entrada; no te volví a ver, no fuiste detrás de mí. Le pedí a mi mejor amigo que no comentara nada, lo único que más tarde se atrevió a decir fue:

-Sophie, ¿qué no viste bien?, fue un ataque de celos.

Supongo que si el señor (bufón) Destino así quiere jugar conmigo o con nosotros, si es que tú estás consciente también de nuestra situación, nos volveremos a ver hasta dentro de un año. Creí que te amaría de nuevo si volvías a sucederme, pero parece que no, ya no te conozco y lo que más me intriga de todo es de qué te enteraste como para reaccionar así. No sé quién eres, pero por favor, no vuelvas a sucederme o por lo menos cuando lo hagas, ten la decencia de que no sea igual.


lunes, 16 de junio de 2014

Un Mal Recuerdo (Inspirado en un Hecho Real)


Un Mal Recuerdo

(inspirado en un hecho real)

Escrito por:

Jehieli Nerii 

Patricia Quiroz

Omar Mozqueda

Luis David Pérez

Tita Ruiz 

Violeta Carrasco



Esperé a Ana Sofía a la salida de la escuela, ya eran las 2 de la tarde y yo estaba muy nervioso, hoy lo íbamos a volver a intentar. Ya había preparado todo, Guillermina no iba a estar en la casa, era uno de esos días en los que nunca llegaba por estar “trabajando”; teníamos tiempo suficiente.

Cuando Ana Sofía salió, me sonrió y corrió hacia a mí emocionada, cargué su mochila y caminamos juntos hacia mi departamento. En el camino íbamos callados, pero yo tenía una ligera taquicardia, secretamente el miedo me invadía. Sabía que ésta vez era la definitiva, si no lo hacía podía perderla.

Habíamos hablado de esto antes, ella siempre me pedía una explicación, pero sencillamente me avergonzaba contarle lo que me había sucedido. Es algo que nadie sabe, más que Guillermina, y ella nunca me creyó.

Al llegar a mi departamento yo estaba temblando, incluso tardé en abrir la puerta. Al darse cuenta de mi nerviosismo, Ana Sofía soltó una risita y me dijo que me tranquilizara, me tomó de la mano, entramos y fuimos a mi cuarto; se sentó en la orilla de la cama mientras yo ponía música. La última vez que lo intentamos puse una balada romántica, esta vez no sabía qué poner, no quería recordarle aquel incómodo momento.

Cuando volteé a verla ella ya se había desabotonado la camisa del uniforme, me acerqué y la deslicé hasta hacerla caer; comenzamos a besarnos mientras le desabrochaba el sostén. Decidí hacer una pausa para verla a los ojos, realmente la amaba y quería demostrárselo.  Me quité la camisa y ella empezó a besar mi cuello descendiendo hasta mi pecho, sus dedos recorrieron mi espalda y terminaron en mi cinturón, me lo quitó lentamente y bajó la bragueta de mi pantalón, yo sudaba frío, intentaba concentrarme pero los terribles recuerdos me invadían. Ana Sofía jalaba mi cabello con su mano izquierda, a su vez lamía mi oreja; de pronto sentí su otra mano en mi entrepierna, los recuerdos insistían... no pude más y la hice a un lado. Ella se levantó enfurecida, se vistió rápidamente y salió de la habitación, corrí tras ella, la sujeté del brazo y se me humedecieron los ojos. Nunca había visto tanta ira y decepción en su mirada. Le dije que lo sentía, que necesitaba tiempo, pero Ana Sofía me reprochó que nunca he podido darle explicaciones, comenzó a gritarme cosas hirientes e insinuó varias veces que yo era homosexual; me hinqué frente a ella y le pedí perdón. Ella salió del departamento y azotó la puerta. Quedé devastado, me encerré en mi cuarto, no podía parar de llorar y gritar, sentí ira y golpeé todo lo que estaba a mi alcance.

Debajo de mi cama había una botella de tonayán, recordé que la había comprado uno de los días en los que Guillermina me dejaba solo y los recuerdos empezaban a torturarme. Sentí asco de mí, de mi vida, me sentí solo y vacío, así que abrí la botella y comencé a beber.

Llegué a la conclusión de que todo lo que me estaba pasando era culpa de la puta de Guillermina; nunca supo ser una buena madre, ni una buena esposa, por su culpa mi papá nos abandonó... ¿y cómo no iba a hacerlo si la descubrió con el cerdo de su jefe? Nunca podré olvidar el rostro de ese degenerado, su espeluznante voz y menos sus asquerosas manos sobre mi cuerpo. Esos eran los recuerdos que martillaban mi mente, lo demás lo evadía, simplemente lo había bloqueado.

Lo cierto es que mi madre y su cerdo arruinaron mi vida. Justo en el peor momento escuché cómo la puerta de la entrada se abrió, era esa puta, había regresado de pasear a su perro. Me habló varias veces, pero decidí no contestar; empezó a golpear mi puerta, después de unos minutos le abrí y al verme ebrio se puso como loca, empezó a gritarme y a golpearme -su baja estatura sólo le permitía pegarme en el pecho- la apreté de los brazos fuertemente, al ver sus ojos se apoderó de mí una rabia sin igual; comenzamos a forcejear y la pelea nos llevó hacia la cocina, la cual estaba a sólo unos pasos de mi cuarto.

Ella me dijo que era un inútil, que la tratara con respeto ya que ella era mi madre. ¡No podía creer su cinismo!… ¡Enfurecí!, a mi alcance había un cuchillo, no dudé en tomarlo, su cara se tornó pálida, era blanca como la blusa aguada que traía, me dijo que lo soltara, que podía cometer una estupidez; me reí, ¡Cómo si ella hubiera manejado su vida y sobretodo su familia inteligentemente! Después comenzó a culpar a mi padre, no aguanté más y la empecé a apuñalar, cayó al piso y yo perdí el control, aun sabiendo que ya estaba muerta seguí apuñalándola.

Me senté junto a ella, sonreí, no sentí arrepentimiento, hace años deseaba verla así, ya había soñado con ver la luz desvaneciendo de sus ojos. El perro comenzó a lamer su sangre, también detestaba a ese animal, para Guillermina era más importante esa cosa peluda y apestosa que yo. Tocaron la puerta, empecé a sentir nervios, ¿qué iba a hacer ahora?, eso nunca lo había pensado. Abrí, era la chismosa de la vecina, preguntó si todo estaba bien, notó las manchas de sangre en mi playera y se escandalizó. Le dije que me había peleado con el perro porque de pronto se había puesto agresivo. Ella simplemente se fue.

Minutos después llegó la policía.



miércoles, 26 de marzo de 2014

La Niña de los Ojos Oscuros

Después de todo Paulina no se apiadó de mi alma y tuve que cumplir mi castigo: hacerme un piercing. Aquí está la dolorosa prueba:



Esta es la última entrada del Reto Literario (click aquí para saber de lo que estoy hablando) y en esta ocasión el material con el cual debo inspirarme es un cortometraje de 1994 ganador de la Palma de Oro en Cannes. La verdad pensé en escribir únicamente una reseña, pero me pareció demasiado cínico y además recordé que era el último texto del reto y me decidí por algo diferente: 

La última entrada de Paulina: Gabriela





"La Niña de los Ojos Oscuros"


Él: 

Mi niña de los ojos oscuros, no te nombro así por tenerlos como el café molido, tampoco lo son como la noche. Tus ojos emanan oscuridad; una que me deja helado. Mi niña de los ojos oscuros, hoy me siento solo.  

No es de esa soledad como cuando se me pasaba el tiempo, ni cuando era incomprendido; es de esa soledad que sólo puede provocar tu ausencia. Niña querida, cuando tu mano me suelta, se desprende de mí la vida. Nunca has entendido lo mucho que te quiero y eso que he enviádote flores y escrito algunos cuentos, te di incluso una rosa, tu favorita supongo, porque era color salmón.

Pero debí saber que nunca es suficiente, porque con nada te conformas; me lo has demostrado con tus antiguos amores y tu usual costumbre de destrozar el corazón con esas manos, que siempre dije, eran suaves como porcelana. Y bajo esa delicadeza yació todo el tiempo algo muy cruel, que no veíase en los espejos, pero que yo conocí cuando te vi a los ojos. Quien diría, mi niña de los ojos oscuros, que jamás los volvería a ver.


Ella:

Debí escribírtelo hace mucho tiempo, pero mi ego era más grande que yo: Siempre te quise, amigo mío, y me merezco tu odio. Se me acabaron las razones para seguirte viendo, porque quería ahorrarte este dolor. Fuiste el único capaz de verme, de entre el bullicio, meciéndome sobre un columpio como la niña que era, que sigo siendo. Y debí decírtelo hace mucho tiempo, con el beso que esperaste tras entregarme flores. Nunca te perdonaré que te hayas ido, porque hoy me siento sola.


Él:

Quise recordártelo con sencillos gestos, pero no reaccionaste más que con una mueca y respondiste ante mis propuestas que tú serías veneno para mí. Quise haber notado antes, que ese veneno del que me alejaste terminaría por carcomerte. Ahora sé por qué murió la rosa y fueron quemados todos mis cuentos. Ahora entiendo que cuando dijiste "vete", rogabas salvación. 

Perdón por irme, pero me arañaste tantas veces como sueños tuve. Y hoy, en mi soledad, en mi yo ausente, lloro hablando de ti en pretérito.

Ella:

Amigo, tú sabías mejor que yo sobre la crueldad que en mí se encierra, escapando con violencia en mis ataques repentinos. No te culpo por nada, de hecho no culpo a nadie. No había forma de salvarme de mí misma, pero había forma de salvarte. Porque una vez que me viste a los ojos, quise que nadie más me viera y tu amor no sería suficiente para hacerme olvidar. Fuiste capaz de ver cuando todos miran, capaz de sentir cuando todos ignoran, capaz de sonreír cuando todos fingen, capaz de vivir cuando todos deambulan y eso es algo que reconoceré eternamente como la mayor de tus virtudes, porque si no fuera por ello no te habría visto una vez más.

Me conoces tan bien que fuiste a buscarme (inconscientemente creo yo) en la frialdad de la estación del metro en mi rumbo de camino a casa. Me viste a lo lejos, como me has visto desde la vez del columpio, con esa cara de niño perdido, pero esta vez la perdida era yo. Y te divisé entre los rostros secos con mis ojos oscuros y vi tu expresión transfigurarse, ennegrecerse. 
   
Corriste hacia mí porque lo entendiste ¡Tú siempre me has entendido! y conocías los ataques repentinos, el dolor punzante, mi soledad, mi crueldad, mi veneno y todo junto en mis oscuros ojos. Pero a penas tomaste mi mano, salté a las vías tras decir "lo siento".

Él:

Mi niña de los ojos oscuros, hoy me siento solo. Porque cuando me soltaste la mano, para quitarte la vida, arrancaste la mía tras decir "lo siento". 

Ya va agotándose de mí tu recuerdo, tuviste la razón: me envenenabas gota a gota y envenenabas tu mundo entero, había en ti maldad infinita que te trozó desde el interior. Y entre mis muchos delirios, con ramos marchitos y tus fantasmas a cuestas, voy imaginándome qué será de ti, porque es seguro que cuando saltaste, vi en la sangre un dejo de crueldad. Y no se extingue y la siento rodearme y ya va ardiendo dentro de mí.


*Otras entradas del Reto Literario: The death rope, Víctor, Segundos, En mis últimos momentos, El Poder de los Medios de Comunicación

miércoles, 5 de febrero de 2014

La Vez que Visité el País de las Maravillas II

Ya es momento de narrar la curiosesca segunda vez que visité el País de las Maravillas. Como había dicho anteriormente (La primera vez que visité el país de las maravillas) ocurrió el mismo día a eso de las 11:00pm cuando ya estaba sumida en mi sueño y de alguna forma (que no consigo entender, puesto que de un sueño no se ve el principio) alcanzo a recordar como inició:

Apenas hube rozado mi almohada con la mejilla, me levanté de mi cama y me dirigí al corredor. Al fondo del mismo había una puerta de madera que siempre ha estado ahí y que de ser otras circunstancias al abrirla me habría llevado a la recámara de mi hermano -donde soñé antes- sin embargo, por esta ocasión, me impresionó el notar que, al abrirla, avisté el mismo valle inmenso de la primera vez.


Yo aún conservaba mi tamaño descomunal , ¡era fácilmente tres veces más grande que los árboles! después de haber dado unos pasos en ese valle, divisé a lo lejos una peculiar casita de colores.


-¡Es ahí, es ahí!, es la misma casa, debo ir hacia allá. -Dije, señalando entusiasmada con el dedo índice, para después apresurar el paso hacia esa casita ya deshecha por mis travesuras anteriores y que aún conservaba la chimenea encendida.


Conforme me fui acercando al tropel de árboles, fui encogiéndome hasta llegar a mi tamaño natural. Después me sumergí en el oscuro y enmarañado bosque. Una vez adentro hallé senderos de colores con un letrero de madera como indicador de adónde dirigían.


No recuerdo muy bien el color del sendero que tomé ni las inscripciones en el señalamiento, lo que sí recuerdo es haberme desviado un poco del camino porque me topé con algo que atrajo mi atención: algunos árboles del bosque estaban secos y grises, desmoronándose como cenizas. Quise echarles un vistazo.


Esa región del bosque en particular parecía abandonada hace muchos años, se podía respirar el polvo y mis manos se enredaban con telarañas gigantescas por doquier. Una diminuta arañita salió de la nada. Dos diminutas arañitas. Tres... ¡Centenas de diminutas arañitas! Y esas criaturas horribles me persiguieron por ese caos de árboles disecados, la persecución comenzaba a asustarme cuando noté que llevaba algo en los bolsillos, entonces saqué de ellos un artefacto muy singular.


Este artefacto era una pequeñísima burbuja con un bichillo adentro, algo así como una mariposa. No sé muy bien que me llevó a creer que sería una buena idea arrojar estas burbujas que atiborraban mis bolsillos hacia las arañas, pero no importa, porque funcionó. Al reventarse las burbujas las mariposas devoraron ávidamente a las arañas, dándome una oportunidad de salir a zancadas de ese bosque.


Retomé mi camino como si nada, sacudiéndome un poco el vestido y arreglando mi cabello. Después de un corto lapso de tiempo, distinguí a lo lejos la entrada de un jardín.


Es bastante extraño, pero siento que estuve ahí antes, en algún otro de mis sueños extraviados, solo que en mi recuerdo la apariencia del jardín era mucho más hermosa. Entré por curiosidad, habían muchos arbustos en la entrada, de esos con los que algunos jardineros hacen figuras de animales. Había también flores de larguísimos tallos, sin embargo todas a punto de quedar marchitas. También habían personas, de piel grisácea y atuendos opacos, caminando de aquí para allá. Los miré a todos un poco extrañada... no recordaba al país de las maravillas así de triste.


En ese laberinto de jardín, tropecé con unos escalones de piedra. Al irlos subiendo divisé una placa de aspecto pesado y viejo que con letras doradas (aunque ya al borde de ser cubiertas en su totalidad por enredaderas espinosas) decían mi nombre completo y debajo, una fecha. No, lo siento, no recuerdo esa fecha.


Subí los escalones y me topé con una serie de lavaderos en cuyo interior había un cultivo de absurdas plantas. Era algo así como un invernadero. Me acerqué al primero, ¡olía terrible! era una plasta verdosa con flores de huevos podrido. Los demás cultivos tampoco eran muy agradables, tenían moho y regurgitaban, hacían flip y flap sus desfiguradas burbujas. Sin saber que hacer tomé una cantimplora rosada del suelo y las comencé a regar sin ningún fructífero resultado. Me crucé de brazos, como haciendo berrinche, hasta que una de esas personitas con traje opaco me sorpendió a mis espaldas.


-Esto es tuyo, esto es tuyo, y no tienes que preocuparte, nosotros las cuidaremos, pero ya tienes que irte, ya vienen los caballeros del rey.


-¿Quiénes? 


-¡Los caballeros del rey!


De pronto escuché el relinchar de los caballos, sus cascos a lo lejos y me asusté. Recordé (no sé cómo, ni por qué, ni sabía que se podía recordar dentro de un sueño) las figuras torpes de caballeros de armaduras plateadas con estandartes rojos (¿blancos?, o ¿blancos con rojo?) y los volví a escuchar marchando hacia mí.


- ¡Me tengo que ir, ya vienen!, pero ¿a dónde voy?


-Pues a dónde más -me dijo ese hombre burlón - vete a la casita, ¡corre!, ¡anda!, ¡ve!


Corrí, con una rapidez increíble para ser un sueño; pero no llegué a ninguna parte, porque los rayos de luz son crueles cuando pretendo seguir durmiendo y golpearon mis ojitos antes de las 10:00 am. Me revolví en los cobertores pesados, intentando mantener las imágenes en mi cabeza, para siempre; porque había sido maravilloso, tan maravilloso como lo es el País de las Maravillas.  



jueves, 19 de diciembre de 2013

La Chica del Antifaz

A la mesa de mantel blanco le sobraban nueve sillas vacías, tres platos de pastel, un par de zapatillas rosas y un arreglo floral con margaritas; la décima silla estaba ocupada por una chica con un antifaz.


A la mesa de mantel crema le sobraban nueve sillas vacías, una botella de vino a la mitad, unos anteojos olvidados y dos abrigos; la décima silla estaba ocupada por un chico de ojos color miel.

Ella le sonrió. Él, intentó sonreír, alejando nerviosamente su vista de la mesa de mantel blanco.

Fue en los jardines de la primavera, decorados con luces y telas volátiles, en los que dos jóvenes aburridos cruzaron sus ojos sin saber luego qué hacer. Mientras que el resto se entretenía en una pista de baile con actores, músicos, cornetas de plástico y guitarras inflables, botando en las mesas lo que les sobrara. Nadie, nunca, fue testigo de la noche de esa clase de amor que no se repite; cuando una chica de cabello castaño, con vestido y un antifaz verde brillante se cruza de brazos, para que el chico de cabello más claro, con camisa y grandes ojos miel se le acerque.

-Hola. -dijo él- creo haberte visto antes...


Pero la música estaba demasiado alta y ella no le escuchó bien, viró un poco la cabeza a la izquierda, confundida; acertadamente él se acercó a su oído y le dijo "ven", tomó su mano y sin resistencia caminó ella a su lado hacia las luces lejanas de los altos pinos y los rosales rosas, dejando atrás al bullicio y a las cornetas de hule. Se detuvo él de pronto, le soltó la mano, para pronunciar provocativamente y clavando la miel de sus ojos en toda ella, esto:


-Te ves hermosa con ese antifaz.


-Gracias, no pienso quitármelo. -Caminó entonces con los brazos aligerados; él la seguía riendo, burlándose de su fanfarronería.


-¿Qué?, ¿Acaso eres actriz?


-Quizá lo sea... a menos por hoy.


-A ver, recítame algo. 


Se paró en seco, con una mirada ardiente posó una mano en su cintura y la otra en el pecho frío de él. Le dijo quién sabe qué cosa y luego fingió un desmayo.


-No eres actriz, eres dramática.


-¿Ah sí, y tú qué eres, cantante?


-¡Adivinaste!


-No te creo nada, si no fuera porque estoy aburrida me regresaría de inmediato a la fiesta.


-¿Con esa gente que no conoces?


-A ti tampoco te conozco. -Ella ya empezaba a enojarse.


-Pero yo te puedo cantar. 


Ya habían dejado muy lejos a las mujeres con vestidos neón, los hombres con sombreros a cuadros, los músicos con chalecos de lentejuelas. Habían llegado a un rincón del jardín alumbrado por un largo farol y un árbol con linternas colgantes, bajo ellos yacían un columpio de madera tejido con lianas y un sillón azul rey. Evidentemente él se aventó al sillón y ella se empezó a mecer juguetonamente.


-¿Dónde dices qué me habías visto antes? -dijo la chica del antifaz, mientras tomaba vuelo.


-Pensé que no me habías escuchado.


-Sí te escuché, pero quería una escusa para que me sacaras de ahí... a ver, cantante, lúcete.


Se echó para atrás estirando las piernas y empezó a cantar, alto y armoniosamente, una canción que ella jamás había escuchado, que la hizo detener el columpio, virando su cabeza nuevamente a la izquierda, confundida. Nadie, nunca, en toda su vida le había cantando y menos así, rodeada por el rocío en el césped e iluminada por un árbol mágico, junto a un chico de ojos claros, cabello corto y hermosa voz.


Se quedó pasmada por un segundo cuando él acabó de cantar.


-No eres cantante, eres un ridículo.


-Gracias. También soy dibujante.


-No te creo.


-Me creerás si me das papel y una pluma.


-¡Toma! -De su bolsa de mano sacó una servilleta arrugada y un bolígrafo.


-Date vuelta, déjame recargarme en tu espalda. -Y dibujó medio haciéndole cosquillas, medio causándole dolor cuando apretaba el bolígrafo demasiado fuerte.


-¡Terminado!, mira.


-¿Qué es esto? -preguntó ella, mofándose.


-Eres tú.


-Qué mentiroso, esto es un tonto paisaje. -Y ciertamente lo era, había dibujado unas montañas, un río y un sol saliente con trazos rápidos.


-Tú eres como un paisaje, niña, como un amanecer... ¿Tienes novio?


-No, son una pérdida de tiempo. ¿Podrías dejar de cambiarme de tema y decirme dónde dices que me habías visto antes?


-Ya te lo dije, eres como un amanecer.


-Vas a hacerme enojar... ya dime que es tarde y a puesto a que mis papás pueden venirme a buscar o algo peor. -Se cruzó de nuevo de brazos y él soltó una carcajada enorme.


-Ven, -le dijo a la chica- te llevo de regreso.


Caminaron sin decir una sola palabra sobre el césped frío, ella estaba enfurecida y él no paraba de reír. De pronto empezaron a oírse las voces mezcladas con melodías retumbantes, los vestidos neón relucían en la oscuridad mientras que las tenues luces de la anterior serenata ya se habían perdido de vista. En una mesa de mantel blanco atisbábase una silla vacía y a sus extremos, dos papás preocupados.


-Adiós. -Dijo la chica del antifaz, desdoblando los brazos por fin.


-Espera... 


-¿Qué quieres?


-Quisiera conservar tu antifaz, por favor.


-No, adiós.


-¡Espera!, quiero un recuerdo de ti.


Lo pensó un segundo y de inmediato lo miró maliciosamente; él ya sabía lo que le iba a decir. 


-Te doy mi antifaz si tú me dices en dónde crees haberme visto antes.


-Esta bien; -y soltó un largo suspiro que hasta le suavizó los hombros.- inventé eso de haberte visto antes, sólo quería una escusa para sacarte de ahí. Quién iba a decir que tu curiosidad iba a ser tan adorable.


Sus ojos se abrieron muchísimo, expectantes de algo, de cualquier cosa que pudiera provenir de esos ojos miel... o de esos labios. Se fue quitando el antifaz delicadamente, hasta con la respiración pausada, su mirada seguía clavada en él. Finalmente extendió su mano con ese antifaz verde brillante, más brillante que cualquier luz del jardín.


-Te ves aún más hermosa sin tu antifaz...


Ella enmudeció, se sonrojó y se puso tiesa.


...Y no me has dicho cómo te llamas; ¡Pero no me digas! - tras casi dar un brinco esculcó en su bolsa de mano sin permiso para sacar una pluma. La tomó del brazo y le garabateó su nombre y un número de teléfono. -Mañana, que sea de día, puedes decirme cómo te llamas, porque algo me dice que si yo te llamara no te atreverías a contestar. 


Una mano se deslizó por su cabello castaño al mismo tiempo que una fina voz de mujer le decía "ya vámonos, te espero en el coche". Sus papás se alejaron abrazados sin  que ella pudiera articular aún palabra. Un beso pequeño le tocó la mejilla, seguido de un "adiós" en el oído. Él le sonrió vivamente y se alejó sin volver a voltear. Ella tuvo que reaccionar rápido, correr un poco y subirse al coche. Se fue en silencio todo el camino.


Cuando llegó a su casa ya eran quizá las 3:00am. Un papelito salió volando cuando vació su bolsa, era un dibujo mal hecho de dos montañas, un río y un sol. No pudo evitar sonreír bobamente al verlo, lo colocó en su buró junto a su teléfono celular. Se estaba muriendo de sueño, y con cada abrir y cerrar de sus cansados párpados ella pensaba en su chico de ojos miel y en que mañana cuando fuera de día escribiría al número rayoneado en su brazo: "Hola, soy la chica del antifaz, creo haberte visto antes."